Creta es una isla y aunque parezca una obviedad hay que hacerlo
patente pues mucha gente lo desconoce y les lleva a cometer infinidad de
errores y algún que otro horror. Cuando de críos saltábamos un amplio río, lo
hacíamos pisando una o varias piedras situadas en el agua. La cultura hizo la
misma transición entre Egipto y Grecia: El Delta, Creta, Citera y el
Peloponeso.
La Civilización Minoica – también así llamada en honor del rey
Minos – se caracterizó por muchas cosas, entre las que destaca la construcción
de los famosos palacios de Cnoso y alrededores.
Hasta que llegó Zeus, no tenían otros dioses que los de la
naturaleza. No tenían más santuarios que algunas cuevas y el reparto de tierras
entre sus habitantes era procurado por sus reyes de forma bastante equitativa.
Tampoco tenían esclavos y habitaban en las llanuras, sin fortificaciones.
Estaban avocados a finalizar invadidos por otros más hambrientos o más
codiciosos y como desde siempre hubo trasiego de helenos hacia abajo y egipcios
hacia arriba, pues eso, allá por el 1600 a.n.e., todo tocaba a su fin.
Bernardo Souvirón[1]
en su segundo libro (el primero fue “Mujer de Aire”) nos relata con su peculiar,
poético e inconfundible estilo, el nacimiento de la civilización Griega tomando
como punto de partida Creta y la cultura allí desarrollada entre el año 2000 y
1600 a.n.e. Si un sabio lo dice a mí no me queda más remedio que suscribir
punto por punto sus asertos y sin la más pequeña matización, para eso soy medio
analfabeto.
El introducir en este modesto escrito a Creta y su significado para
Occidente y el mundo del deporte, es porque considero a su civilización y a la
isla como el puente de entrada a Grecia y el nexo del trasiego ideológico,
social o de usos y maneras y demás cosas, entre Egipto y el continente, así
como de todo aquello que acontecía en el Mediterráneo Oriental en los convulsos
tiempos que fueron entre el 2500 al 1500 a.n.e. Empero las aportaciones de esta
Civilización al mundo del deporte, a mi modesto entender, son más bien escasas.
Si acaso la práctica del boxeo y el salto del potro (en su caso del toro) y
poco más.
En cuanto al salto de toro (taurocatapsia),
arraigado más con los ritos religiosos y con las culturas de Sumer, Egipto y Levante (Siria, Palestina, etc.), es
una constante en toda la isla y en el nacimiento de su cultura de la que
hablaré seguido para introducirnos un poco en la mitología, los mitos y la gran
Grecia.
Personalmente pienso que los saltadores de toros eran personas en
buena o muy buena forma física, que arriesgaban su vida para deleite de los
demás, afrontando a un toro más o menos bravo durante una festividad y que
apoyando sus manos en los cuernos aprovechaba la fuerza del animal para saltar
sobre él y caer a toro pasado (nunca mejor dicho). La gracia estaría en salir
vivo del encuentro. Como lo que hacen los “forçados” actuales.
Hay otro fresco, este hallado en Cnoso, representando a un hombre
que se agarra a un toro, otro patas arriba y manos en los lomos del mismo
animal y otro(a) en la parte trasera (78,2 cm de alto y 104,5 cm de ancho).
Como si fuera la diapositiva de un acróbata en tres pasos o uno que salta y dos
que ayudan. En fin, a interpretar que no dejaron escrito nada al respecto. Pero
los arqueólogos dicen que era muy corriente en aquellos pagos y en aquellos
tiempos, antes y después de que Tera se deshiciera en añicos.
Dicho esto, debo añadir que deporte… más bien poco. Que los admiradores de la tauromaquia
vean en estos ritos el fundamento de lo que dan en llamar “la fiesta nacional
española”, no solo me parece descabellado sino que una aberración. Pero para no
levantar solo animadversión en la parte de toreros y admiradoras, tampoco me
parece deporte el automovilismo en ninguna de sus acepciones, ni el
motociclismo tampoco. Son elementos plásticos de la publicidad. Nada más.
Los cretenses permanecieron en paz y gracia de los dioses hasta que
llegaron los aqueos, que son los culpables – o al menos se les culpa, que es
otra cosa – de casi todas las maldades de la edad de bronce, con sus armas y
sus dioses y sus costumbres. Se adueñaron de la isla y para justificar su
conducta hicieron que en ella se criara Zeus y diera comienzo todo para
nosotros.
Mary Renault[2] especialista en Alejandro Magno, recrea esta
sociedad en una novela preciosa donde va desgranando varios mitos y los
racionaliza en torno a Teseo, sacrificando las fechas en honor de una ágil y
entretenida narración.


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