sábado, 17 de noviembre de 2012

Creta (Aproximación) otra gran civilización


Creta es una isla y aunque parezca una obviedad hay que hacerlo patente pues mucha gente lo desconoce y les lleva a cometer infinidad de errores y algún que otro horror. Cuando de críos saltábamos un amplio río, lo hacíamos pisando una o varias piedras situadas en el agua. La cultura hizo la misma transición entre Egipto y Grecia: El Delta, Creta, Citera y el Peloponeso.
La Civilización Minoica – también así llamada en honor del rey Minos – se caracterizó por muchas cosas, entre las que destaca la construcción de los famosos palacios de Cnoso y alrededores.
No tenían murallas defensivas ni algo que pudiera semejar a las ciclópeas que había en Micenas o Tirinto, por ejemplo. Pero para rizar un poco más el rizo, tampoco fueron encontradas armas de la época y se cree que las riendas del poder estaban en manos de las mujeres, teoría basada en la paz y en la aparición de una estatuilla en el lugar más sacro del palacio de Cnoso, la “tesorería”. Es una dama con dos serpientes en las manos, el pecho descubierto y grandes ojos escrutadores: La “Señora de las Fieras”. Quizá un símbolo de la fertilidad o un ídolo. En cualquier caso, es el retrato de esta pacífica civilización y la única deidad antropomórfica de la isla, que nos recuerda mucho a la sumeria Inanna o a la babilónica Ishtar, a la fenicia Astarté, o a la griega Afrodita / Kýpris.
Hasta que llegó Zeus, no tenían otros dioses que los de la naturaleza. No tenían más santuarios que algunas cuevas y el reparto de tierras entre sus habitantes era procurado por sus reyes de forma bastante equitativa. Tampoco tenían esclavos y habitaban en las llanuras, sin fortificaciones. Estaban avocados a finalizar invadidos por otros más hambrientos o más codiciosos y como desde siempre hubo trasiego de helenos hacia abajo y egipcios hacia arriba, pues eso, allá por el 1600 a.n.e., todo tocaba a su fin.
Bernardo Souvirón[1] en su segundo libro (el primero fue “Mujer de Aire”) nos relata con su peculiar, poético e inconfundible estilo, el nacimiento de la civilización Griega tomando como punto de partida Creta y la cultura allí desarrollada entre el año 2000 y 1600 a.n.e. Si un sabio lo dice a mí no me queda más remedio que suscribir punto por punto sus asertos y sin la más pequeña matización, para eso soy medio analfabeto.
El introducir en este modesto escrito a Creta y su significado para Occidente y el mundo del deporte, es porque considero a su civilización y a la isla como el puente de entrada a Grecia y el nexo del trasiego ideológico, social o de usos y maneras y demás cosas, entre Egipto y el continente, así como de todo aquello que acontecía en el Mediterráneo Oriental en los convulsos tiempos que fueron entre el 2500 al 1500 a.n.e. Empero las aportaciones de esta Civilización al mundo del deporte, a mi modesto entender, son más bien escasas. Si acaso la práctica del boxeo y el salto del potro (en su caso del toro) y poco más.
Si sabemos del boxeo es por un fresco descubierto a mitad del siglo pasado en el por Spyridon Marinatos (Isla de Santorini, antigua Tera, desaparecida en gran parte por una erupción volcánica allá por el 1620 a.n.e) donde se aprecia la lucha de dos jóvenes provistos de guantes y atizándose mutuamente. Tiene una dimensiones de 0.94 metros de ancho y 2,75 metros de altura.
En cuanto al salto de toro (taurocatapsia), arraigado más con los ritos religiosos y con las culturas de Sumer,  Egipto y Levante (Siria, Palestina, etc.), es una constante en toda la isla y en el nacimiento de su cultura de la que hablaré seguido para introducirnos un poco en la mitología, los mitos y la gran Grecia.
Personalmente pienso que los saltadores de toros eran personas en buena o muy buena forma física, que arriesgaban su vida para deleite de los demás, afrontando a un toro más o menos bravo durante una festividad y que apoyando sus manos en los cuernos aprovechaba la fuerza del animal para saltar sobre él y caer a toro pasado (nunca mejor dicho). La gracia estaría en salir vivo del encuentro. Como lo que hacen los “forçados” actuales.
Hay otro fresco, este hallado en Cnoso, representando a un hombre que se agarra a un toro, otro patas arriba y manos en los lomos del mismo animal y otro(a) en la parte trasera (78,2 cm de alto y 104,5 cm de ancho). Como si fuera la diapositiva de un acróbata en tres pasos o uno que salta y dos que ayudan. En fin, a interpretar que no dejaron escrito nada al respecto. Pero los arqueólogos dicen que era muy corriente en aquellos pagos y en aquellos tiempos, antes y después de que Tera se deshiciera en añicos.
Dicho esto, debo añadir que deporte… más  bien poco. Que los admiradores de la tauromaquia vean en estos ritos el fundamento de lo que dan en llamar “la fiesta nacional española”, no solo me parece descabellado sino que una aberración. Pero para no levantar solo animadversión en la parte de toreros y admiradoras, tampoco me parece deporte el automovilismo en ninguna de sus acepciones, ni el motociclismo tampoco. Son elementos plásticos de la publicidad. Nada más.
A semejanza del primer Egipto situado en mitad del desierto y que solo tenía enemigos naturales, Creta estaba en mitad del Egeo, entre Grecia y Egipto y un tanto apartada de las primeras rutas comerciales y por tanto de fuentes problemáticas. Aquellas que iban y venían del Paraíso Terrenal comprendido entre el Eúfrates y el Tigris por una parte y el Paraíso Acuático del Delta del Nilo.
Los cretenses permanecieron en paz y gracia de los dioses hasta que llegaron los aqueos, que son los culpables – o al menos se les culpa, que es otra cosa – de casi todas las maldades de la edad de bronce, con sus armas y sus dioses y sus costumbres. Se adueñaron de la isla y para justificar su conducta hicieron que en ella se criara Zeus y diera comienzo todo para nosotros.
Mary Renault[2]  especialista en Alejandro Magno, recrea esta sociedad en una novela preciosa donde va desgranando varios mitos y los racionaliza en torno a Teseo, sacrificando las fechas en honor de una ágil y entretenida narración.


[1] Hijos de Homero. Alianza Editorial. Madrid 2006. Págs. 33 y ss.
[2] Teseo. Ed. Edhasa. 1958. y Barcelona 2007

La guerra como “perpetuum mobile”


Las batallas y/o guerras de antaño eran tan crueles como las actuales, es una materia que solo ha sufrido cambios estructurales y de material pero no la esencia de la misma. Creo que cuando el primate descubre que con un tronco o un hueso, puede agredir a un igual e incluso a un superior y salir airoso del trance, acaba de descubrir la propiedad privada y rápidamente se da cuenta que cuanto más cruel y sanguinario se muestre, mayor es el miedo que infringe y el éxito de su operación. A partir de ahí, solo incrementar el número de efectivos y ayudarse del terror para que no se produzcan tantas bajas sobretodo en su ejército. Avanzado el tiempo halla la justificación con sus deidades y entonces nada por lo qué preocuparse, pues sus dioses eran más crueles y vengativos que ellos mismos.
Las ciudades estado de la antigüedad (en Sumeria, Egipto, Media, Persia, etc…) y por extensión las “polis” griegas, hacían la guerra entre ellas como una actividad más, algo cultural que les confería carácter amén de bienes de consumo y esclavos. Debían por tanto prepararse para la misma, transformándose así el entrenamiento para superar al vecino en el deporte exhibido en el entorno de los templos como una manifestación religiosa más. Veremos más adelante como la ciudad de Esparta es el epítome a tal efecto. Era pues – la guerra – algo normal y la paz un intermedio de alianzas, pactos, coaliciones y vuelta a empezar.
Hagamos abstracción de las imágenes que nos proporcionan las películas “de romanos” y retrocedamos dos mil quinientos (o cinco mil) años en la Historia, para meternos en una batalla donde los que combatían en primera línea eran los  nobles y señores de la guerra, los excelentes, en la Hélade los “aristoi”, estos a quienes denominamos “jefes” pero actualmente tan alejados de las batallas que las más de las veces ni aparecen por el campo al que siempre van de carne de cañón los mismos.
Estos nobles son los que pueden y tienen que prepararse diariamente, entreguerras, en los gimnasios o en los palacios, y así nace el deporte como entrenamiento para la batalla. Su propia vida les iba en ello.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Juegos y Deportes en Egipto


            Volvamos al deporte. Como tenían mucho tiempo libre y bastantes conocimientos y el río no estaba jugándosela de continuo; como tampoco estaban construyendo a diario monumentos colosales por todos los rincones – si es que el desierto tiene rincones – , es de suponer que sin televisión ni papiros al alcance de todos, pues se dieron en emular lo que hacían sus dioses faraones con su tiempo y esto no era otra cosa que practicar la caza y la pesca, las carreras rituales, prácticas de autodefensa y ataque con arcos y lanzas, juegos de pelota y cuando la climatología obligaba, algún que otro juego de mesa e interior.
Centro de Alto Rendimiento
            Con el paso de los años fueron construyendo lo que dieron en llamar Jeneret que viene a significar “lugar cerrado” donde se toca música o se lleva el ritmo. Era este un invento excluyente y diferenciador que se procuraron las clases dirigentes por y para perpetuarse. Un lugar cerrado fuera de palacio, pero en las inmediaciones, donde moraban la madre del faraón y las esposas de éste – principales y concubinas – con sus hijos. Todo un tropel de gente bien y “guapa”. Sin duda ni temor a equivocarme, pienso que por los patios adyacentes correteaban los chiquillos y entre clase de religión o de estrategia, entre peleas y descansos, entre ritos y gozos, comenzaron a practicar sus habilidades y a competir entre ellos para saber y determinar su posición ante su padre y demás ralea. Es una cuestión instintiva agazapada por la civilización y a la vez transformada para llegar al punto de no tener que descalabrarse en peleas inútiles cuando podemos establecer unos baremos o reglas admitidas por todos.
            En las inmediaciones de este primitivo CAR (pero no menos efectivo) desarrollarían sus funciones por este orden los sacerdotes y los médicos, la nobleza y los dirigentes del estado, los escribas y un poco más alejados en sus viviendas y lugares de influencia, los artesanos, los comerciantes y el ejército. En los campos circundantes, los campesinos y los siervos y en los confines o donde podían y les dejaban, los pocos esclavos que los egipcios poseían, si es que tenemos en consideración que las guerras a este paraíso vinieron bastante tarde.
            Esta gran civilización tenía consolidada la igualdad de hombre y mujer. Sería en el trascurso de los siglos que primero los asirios y luego griegos, romanos, cristianos y musulmanes, acabaran con ese apetecible estado social.
Pues bien, a pesar de ellos, en el Jeneret la jerarquía recaía sobre la Primera Dama, la venerable, mientras que las demás constituían el “Ornato Real”. El trabajo de las niñas, como su aprendizaje,  iba dirigido a las “labores de su género” como diríamos en la actualidad: danza, tañer el arpa, el laúd o la flauta, elaboración de hermosos útiles de belleza y aseo y confección de vestidos. Se supone que las enseñarían a leer y escribir jeroglíficos. Además de CAR, ejerció mucha influencia en todo lo tocante al estado y se constituyó en el “modelo del harén oriental” hoy en día muy desprestigiado por la moral victoriana – que le comparaba con el harén otomano – que tanto daño ha hecho y hace a nuestra sociedad.
Los niños españoles de mitad del siglo XX jugábamos a las mismas cosas que los de hace 5000 años en Egipto. Solo cambiaron los medios, pero no la esencia. Niños de la calle se decía y con juegos como las carreras, la pelota, saltos, baños en los ríos o las tabas. Cuando nos dejaban montábamos a caballo o fabricábamos arcos y flechas con varas de castaño.
En el Jeneret se perfeccionaría y entrenarían las cualidades para vencer en los deportes que vemos en muchas inscripciones y en muchos monumentos. Se practicaba con asiduidad la lucha libre, pesas, salto de longitud, natación, remo, tiro con arco, pesca, atletismo (aunque aún no se llamaba así). El futuro faraón y los dirigentes criados a su alrededor, tenían que ser los mejores y además parecerlo para lo cual hasta uniformes de equipo habían establecido,  árbitros y reglas. Y si los deportes eran individuales, los que accedían a la final recibían su premio, uno por ganar y otro por su espíritu de lucha ya que no había competición como entendemos ahora. Se trataba de mantener el cuerpo en forma
Jugaban con pelotas de fibra de papiro recubiertas de cuero, tanto a lo que hoy denominaríamos balonmano como jockey (con una rama de palmera). Levantaban sacos de arena o piedras para ejercitar la fuerza.  A los faraones y es de suponer que a la clase dirigente también, les encantaba la caza de animales salvajes o casi, como leones, toros o hipopótamos (recordemos que Menes fue atrapado por un hipopótamo y o bien murió o le salvó un cocodrilo por ser un dios).  En cuanto a carreras, la más famosa era la del faraón en el festival Heb Sed, cuando tenía que demostrar su vitalidad. Pero había  otras de más o menos distancia y alrededor de los templos, en las que hasta el faraón participaba y claro, en esas condiciones, siendo vos quien sois y temiendo las consecuencias, solía ganar. Nada nuevo.
Se habla así mismo de una carrera entre Menfis y el oasis de El Fayum donde los corredores salvan una distancia de unos 100 kilómetros en el tiempo de 8 horas. Sirva este ejemplo para comentar que los escribas de la antigüedad, como los periodistas de la actualidad mentían porque se equivocaban de buena fe o porque directamente hacen valer sus preferencias y prejuicios. A ver quién es capaz de correr en la actualidad y con todos los condicionantes a favor, en pleno desierto, una distancia tal sin morir en el intento. Como diríamos ahora: ¡menos lobos caperucita!
Saltaban longitud o altura colocando a dos competidores o compañeros de fatigas, sentados con los pies casi en contacto y las palmas de las manos tocándose, mientras que un tercero saltaba sobre ellos. Se dice que hay lugares en la actualidad que se practica algo parecido y se llama “gallina de los pasos”.
El lanzamiento de jabalina, la lucha, el tiro con arco, la equitación o carreras de carros, formaban parte de las enseñanzas básicas para la guerra defensiva u ofensiva. La caza de aves con un palo de forma y uso parecido al boomerang australiano actual.
Hubo un faraón que descolló por encima de los demás en cuanto a sus cualidades deportivas y no fue otro que Amenhotep II, fallecido a los 26 años ( hay varias cronologías, una esta: 1438 – 1412 a.n.e. dinastía XVIII) pero con edad suficiente para haber pasado a la Historia como un gran guerrero y un gran deportista,  destacando en remo, equitación y tiro con arco, especialidad esta última donde obtuvo las mejores crónicas y, o bien el escriba mentía o era capaz de atravesar una placa de cobre de seis centímetros que le ponían de diana. Aquí recuerdo lo dicho sobre los intereses o las mentiras involuntarias. Tiene la gloria de computarse durante su reinado el éxodo de los judíos. De haber sido cierto, porque se pone muy en duda, ya que si algún día fue tal, había que atribuirlo en el reinado de Ramsés II o Merenptah doscientos años después y de todos es bien conocido que hacia el 1200 a.n.e. donde se supone la Guerra de Troya, ocurrieron muchas cosas que podemos calificar de “posibles”.
La natación, en el rio directamente, como todo el mundo, aunque es de suponer que si no había piscina en el Jeneret, en el rio les acotasen unos espacios libres de bichos comedores de hombres o molestos, que para eso eran semidioses o hijos de uno. Así que la pesca deportiva y la natación estaban a la orden del día. El remo en ligeros barcos, precursor del piragüismo moderno, completaba una lista enorme de prácticas deportivas a las que se aficionaba a la prole desde la infancia. Matar el tiempo como siempre y cultivar el cuerpo. La mente era otra cosa.
Y para ejercitar ésta, tenían otras cosas como los juegos de mesa y uno de los mismos, el de Senet, es considerado por mucha gente como precursor del ajedrez actual, del que no se sabe muy bien su procedencia y que está rodeado así mismo de mitología, de casillas, sabios y trigo.
Este juego – como casi todos los que practicaban – estaba relacionado con el placer pero también con “el más allá”. Recordemos que la religión y la muerte fueron factores fundamentales de su existencia. Pues bien, el Senet era practicado por todas las clases sociales desde siempre y hasta que los romanos invadieron Egipto. Su nombre viene a significar “tránsito” o “pasaje”
Los elementos materiales del juego eran el tablero de treinta casillas sobre el que se colocaban 12 piezas similares a los peones del ajedrez, cinco más de forma cilíndrica y otras siete cónicas y por desgracia desconocemos la estrategia y la táctica del juego y por más decir, se desconocen hasta las mínimas reglas, pero como ocurre con las tablillas de arcilla sumerias y sus constantes descubrimientos, confiemos en algún papiro escondido que desenmarañe la forma en que se jugaba.
De su práctica y expansión entre todo tipo de clases sociales nos dan noticias los escritos, mencionado en el capítulo XVII del Libro de los Muertos o  las pinturas como la que nos presenta a Nefertari jugando con el “invisible” en la pared de su tumba. En cuanto a ejemplares tangibles, hay multitud repartidos por varios museos europeos y egipcios.
Había otros juegos de mesa: el de las “veinte casillas” en el que se empleaban cuatro piezas, dos con la cabeza de Anubis y otras dos con la cabeza del dios enano Bes y la suerte la repartía una taba (astrágalo) que hacía de dado. Se completaba con unos palitos que se lanzaban contra los “dioses” tratando de su derribo.
El “juego de la serpiente” se realizaba sobre tablero con dibujo de serpiente enrollada y de cuerpo compartimentado, antecesor de nuestro juego de la Oca y práctica similar, donde podían competir hasta seis jugadores que trataban de llegar de cola a cabeza con fichas de marfil. Pero no todo era diversión.

La Religión



Hasta el momento fatídico en que Teodosio I el Grande (Coca – Segovia –  11 de enero de 347 – Milán,17 de enero de 395, emperador romano de Oriente (379-395) y de Occidente (394-395), el último gobernante que dirigió un Imperio romano unido) le dio por abolir y prohibir la celebración de los Juegos Olímpicos, allá por el año 394 de nuestra era, los deportes estuvieron ligados a la religión como una manifestación más del culto a los dioses y dado que quiero hacer abstracción de Shulgi por motivos infundados y demasiado mitológicos, creo que fueron los egipcios los verdaderos inventores del deporte como tal, transmitiéndolo a Creta y alrededores y a lo que ahora damos en llamar Grecia pero que hace siglos no era más que un lugar geográfico repleto de ciudades estado peleándose entre sí. Hablaremos de esto más tarde.
Los egipcios creían en dioses, como no, con la particularidad que eran igualitos a ellos. Los fabricaron con sus mismas pulsiones, a su imagen y semejanza, con las mismas pasiones y perversiones, todas. Eran capaces de odiar y vengarse y engañar y amar y para colmo razonar para luego justificarlo todo.
Siglos más tarde los griegos les adosaron los conceptos de bien y mal y los hebreos y sus émulos, el de la creación incluido el hombre y sus costillas verdaderas y falsas.
            Isaac Asimov[1] en uno de los múltiples palos por él tocados, habla de la religión de los egipcios y  de una manera bastante pintoresca nos informa que “probablemente” se originara en los viejos tiempos de caza, cuando su vida dependía de la suerte de abatir animalillos y por eso hacían sus representaciones divinas con las cabezas de animales, tanto para que abundaran por magnanimidad del dios de turno o para que los susodichos peligrosos animales se portaran bien. Bueno.
Más plausible me parece otra hipótesis aventurada: El Sol, Re o Ra. Los ciclos de vida inmediata. Los de la jornada entre su salida y su ocaso o muerte y renacimiento al amanecer y así hasta el infinito. Les daba calor a ellos y luz a las plantas, ambas cosas indispensables para la vida de las dos partes y el aprovechamiento mutuo. Para las plantas inventaron a Osiris
Luego vinieron otros muchos dioses y fueron complicando todo su panteón de una manera que hoy en día nos parece excesiva, pero ellos precisaban la existencia divina tal cual eran sus necesidades. Así nació Set que luego mató a su hermano Osiris – como Caín con Abel – y le asignaron la maldad que representaba el desierto y la falta de crecidas. Luego Isis, Horus,  hijo de Osiris  e Isis y matador de Set y vuelta a empezar y al más allá y la resurrección por y para la venganza.
Ellos querían salvarse a todo trance e inventaron el concepto divino del “más allá” y toda una serie de fórmulas y encantamientos para que el alma del difunto pueda pasar indemne por la sala del Juicio, donde se le podría absolver de todo mal si es que no hubiera transgredido mucho las leyes de la naturaleza: el no matarás ni dirás o invocarás el nombre de Ra en vano, no robarás ni desearás la mujer del prójimo (sobre todo si éste es el jefecillo del poblado, el sacerdote o el mismísimo faraón), honrarás a los progenitores y cuidarás de ellos hasta que den el paso al más allá, etc., etc. No decían nada de fornicar, así que pienso que esta fue una maldición judaica. Pues bien, todas estas fórmulas fueron compiladas en el “Libro de los Muertos”, donde había instrucciones hasta para el embalsamamiento y posterior conversión en momias para la eternidad.
Eran muy supersticiosos, como todos los catecúmenos de cualquier religión. En definitiva, buscaban incesantemente y encontraban algún ser humano, animal, vegetal o mineral a quien poder culpabilizar de sus males y problema resuelto.
            Como eran súbditos de los dioses y la manifestación suprema de los mismos era el faraón y a él debían todo, rápidamente se encontró la forma de ocupar el tiempo libre – entre crecidas – y evitar los malos pensamientos de las clases dirigentes, que sin duda serían transmitidos al pueblo y acabarían como siempre en disturbios y algaradas destructivas. Esta forma no fue otra que trabajar la piedra y construir mastabas y pirámides y esfinges en honor del mandamás del momento.
            Por desgracia para la Historia y por ende para las grandes civilizaciones, el cine y la televisión han causado graves estragos y problemas de entendimiento y asimilación, sacrificando la realidad en post de la plástica y la imaginería que vende en cada momento. En los años 60 del siglo XX fueron los peplos de aceitados culturistas donde los protagonistas sacaban ojos a los cíclopes o cortejaban a Cleopatra, y en la primera década del s. XXI ayudándose le la informática, la filmografía nos muestra  batallas imposibles en oscuros desfiladeros o en paradisíacas  playas troyanas.
            Entre otros falsos mitos – el cine – amplificó el de los esclavos que poseían los egipcios, en parte para justificar el martirologio de los judíos y a la postre justificar las Sagradas Escrituras y la Biblia.
            Resulta muy difícil de creer y además antilógico, que una sociedad eminentemente agrícola pudiera mantener a una ingente cantidad de personas esclavas con la finalidad de construir los elementos arquitectónicos para sus dioses. Se piensa que en una gran pirámide (volvemos a Herodoto) trabajaron tres mil peones durante veinte años en los periodos de crecidas del Nilo, indefectiblemente, de junio a octubre todos los años. También hay evidencias de barrios de “especialistas”, talladores de piedra, alfareros, arquitectos y ayudantes, etc., que se dedicaban plenamente a la construcción y mantenimiento. No eran esclavos tal y como entenderíamos ahora sobre los indígenas (otra vez las películas).  Más bien serían esclavos como lo somos nosotros de las multinacionales y los “mercados” que nos venden las hipotecas. A ellos les pagaban en especies. Luego venían los saqueos de las tumbas.
            Merece la pena pararse un poco en la primera construcción funeraria conocida, el complejo de Saqqara, porque en esta vieja pirámide construida por superposición de mastabas, está el origen – por no decir el germen – de nuestra historia.
            El arquitecto se llamaba Imhotep y la construyó para Horus Neteryjet posteriormente conocido como Dyeser. De planta rectangular y amurallada, se levantó más o menos por el 2630 a.n.e. y tenía unas dimensiones considerables para la época y su poderío: 544 metros por un lado y 277 por otro, con una altura de 10 metros, más de doscientas torres o bastiones de control y catorce puertas falsas lo que me lleva a pensar que este faraón temía muchas cosas y a mucha gente.           
Pero claro, por algún sitio había que penetrar y este no era otro que una puerta que imitaba a otra falsa, que tras un angosto pasadizo, accede a un patio trapezoidal y mediante otro pasadizo, a una sala con 40 columnas acanaladas de más de seis metros de altura y dispuestas en dos filas que dan lugar a tres naves, de las cuales la central es la más elevada y las laterales más luminosas por tener los vanos por donde penetraba el sol. Todo un laberinto.
            El faraón celebraba todos los años el festival de regeneración de poderes en uno de sus patios interiores, el Heb-Sed, recintos repletos de simbolismos sobre las fronteras norte y sur de los dos reinos unificados y donde el rey realizaba su anual (al menos) “Carrera del Jubileo”. Constatada y no mítica como la de Shulgi.
            Empero había una ceremonia especial al cumplirse el trigésimo aniversario de su reinado y a modo y manera de regeneración, donde el rey se la jugaba teniendo que enfrentarse corriendo en solitario una distancia determinada para que sus fuerzas renacieran y de paso demostrar a los súbditos que aún le acompañaban y de esta manera renovar su confianza, que ya sabemos cómo se las gastan los jóvenes leones con aquellos a los que las fuerzas les van abandonando con el paso de los años.
            Si estos fastos entre lo divino y lo humano no se pueden considerar puramente deportivos, si lo sería el adiestramiento cotidiano para llegar en las mejores condiciones físicas posibles con el fin de superar esta “carrera ritual” y prueba de vida y renovación de inmortalidad. Entonces llegamos a una definición del deporte que se considera como: los ejercicios físicos que acrecientan la soltura, agilidad y destreza de la persona y que es practicado con la finalidad de resistir la fatiga y a la postre competir.
            Todas las monarquías primitivas se caracterizaron por un acto similar, una carrera de velocidad a rey desnudo y con un flagelo en la mano. También se dice que al rey lo acompañaba su perro y el sacerdote de las almas de los reyes prehistóricos. De esta carrera dependía la fertilidad de los campos, que para eso eran divinos.


[1] Los Egipcios. Al. Editorial. Madrid 2011. Págs. 41 y ss.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Egipto



Fueron los egipcios los primeros en dar sentido al término deporte tal y como lo entendemos en la actualidad o con diferencias no muy relevantes. En un principio se trataba de ejercitarse para la supervivencia, más tarde para la defensa de otros agentes que pudieran agredirles, luego la injerencia en asuntos externos y por fin el placer y consumo de las endorfinas almacenadas en épocas de bonanza.
De la tosca y corta lanza con pica de sílex al venablo que se arrojaba contra los animales en carrera, de aquella que servía para agredir al enemigo hasta la jabalina actual, posiblemente transcurrieran tantos siglos como entre las flechas del cazador ancestral a los modernos arcos fabricados con resinas sintéticas. Pero todo sirve,  primero para mantenerse vivo en la región conquistada y luego de atravesar las históricas fases mencionadas, para vivir con calidad.
Aquellos H. Sapiens que salieron del Valle del Rift para dirigirse al norte, siguieron el curso del gran río de África, el Nilo, alma y cuerpo de “nuestra civilización” y del oasis que suponía tener buenas tierras de cultivo, agua y un clima templado siempre que se alejaran de los rigores y la aspereza del circundante desierto. Un vergel definido por Herodoto[1] como “regalo del Nilo” y que daría sentido y forma de ver el mundo a sus habitantes, pero que tuvieron que adaptarse a él desde un principio.
 …..acerca de este país discurrían ellos muy bien, en mi concepto; siendo así que salta a los ojos de cualquier atento observador, aunque jamás lo haya oído de antemano, que el Egipto es una especie de terreno postizo, y como un regalo del río mismo, no solo en aquella playa a donde arriban las naves griegas, sino aun en toda aquella región que en tres días de navegación se recorre más arriba de la laguna Meris….
Al igual que Herodoto, Diodoro de Sicilia[2] cita las crecidas del Nilo como la fuente principal de riqueza agrícola y clave de la prosperidad de este pueblo:
……. el Nilo tiene especies de peces de todas clases e increíbles por su abundancia; a los nativos, no sólo les proporciona el abundante provecho de los recién capturados, sino que también les suministra una cantidad inagotable para la salazón. En general, en beneficios a los hombres, supera a todos los ríos del mundo habitado. Da comienzo a su desbordamiento a partir del solsticio de verano hasta el equinoccio de otoño y, aportando siempre nuevo limo, empapa por igual la tierra inculta, la sembrada y la plantada, tanto tiempo cuanto los agricultores del territorio quieran. Como el agua discurre mansamente, lo desvían fácilmente con pequeños diques y de nuevo lo reconducen cómodamente cortándolos cuando se cree que es conveniente. En general, proporciona tanta facilidad de ejecución a los trabajos y beneficios a los hombres que la mayoría de los agricultores, colocándose en los lugares ya secos de la tierra y lanzado la semilla, conducen por encima sus ganados y, pisoteando con ellos, vuelven para la siega después de cuatro o cinco meses y algunos, removiendo mínimamente con ligeros arados la superficie del territorio mojado, recogen montones de frutos sin mucho dispendio ni esfuerzo. En resumen, toda la agricultura se practica entre los otros pueblos con grandes gastos y fatigas y, sólo entre los egipcios, se recolecta con pequeñísimos dispendios y trabajos.

Y para finalizar con algunos de los sabios antiguos que se devanaron con Egipto,  citaré al otro gran historiador que nos relató una historia y la cronología de los faraones: Manetón de Sebennito, sumo sacerdote de Serapis durante la dinastía ptolemaica en tiempo del soberano Ptolomeo II, que nos legó una Historia de Egipto en lengua griega, para desbravar a éstos, decía él. Pero solo se conservan fragmentos de la misma incrustados en la obra de otros autores, interesados las más de las veces en deformarla conforme a sus intereses, bien por nacionalismo o por religión (nada nuevo por otra parte). Así mismo se le atribuyen otras varias obras, nueve en total, aunque puestas en duda por la historiografía moderna.
Todo aquel espacio estaba dividido en dos: Alto Egipto desde Menfis hasta la primera catarata y que se dio en llamar “tierra de la cebada” en época faraónica. Y Bajo Egipto, entre Menfis y el mar Mediterráneo: el Delta. Dos reinos independientes unificados por Menes allá por el año 3050 antes de nuestra era, siendo el origen y punto de partida de las posteriores Dinastías. Este Menes fue arrollado y muerto por un hipopótamo y salvado por un cocodrilo. Anecdóticas cosas de héroes y dioses al cabo.
Pero todo había comenzado siglo y medio antes en las ciudades de Nején y Buto en el Alto Egipto (“fortaleza”) llamada Hieracómpolis en griego la primera, y en el Delta la segunda. Más  que dos ciudades aisladas o proto-ciudades estado, eran una unificación de pueblos de un mismo entorno. El caso es que hacia el 3200 a.n.e. y en un proceso de unificación política (o religiosa) no muy bien conocido en la actualidad, se convirtió en un estado unificado bajo el mando del “Señor de las dos Tierras” asentando prontamente la capitalidad en Menfis, donde un monarca “teocrático” rigió los destinos del país previa conversión en faraón “hijo de Re” o dios Sol.
Simplificando muchísimo y como no es propósito de esta líneas hacer un exhaustivo repaso a la Historia de este pueblo, podemos afirmar equivocándonos poco  que la civilización de la que hablo se desarrolló entre la primera catarata del Nilo y el Delta en el Mediterráneo. Ochocientos kilómetros metro arriba kilómetro abajo.
Veamos pues el cuadro que representa la cronología de Egipto desde tiempo inmemorial hasta la conquista por Alejandro Magno y la inmediata entronización de los Ptolomeos.
Período                                             Dinastías                                               Años comprendidos
Paleolítico a Período Predinástico      Sin dinastías                                          7.000 A P. - 3.000 a.C.
Dinástico Temprano                           dinastías I a III                                        3.000 a.C. - 2.686 a.C.
Imperio Antiguo                                 dinastías IV a VIII                                    2.686 a.C. - 2.160 a.C.
Primer Período Intermedio                  dinastías IX a XI                                     2.160 a.C. - 2.055 a.C.
Imperio Medio                                    dinastías XII a XIV                                  2.055 a.C. - 1-650 a.C.
Segundo Período Intermedio              dinastías XV a XVII                                 1.650 a.C. - 1.550 a.C.
Imperio Nuevo                                   dinastías XVIII a XX                                1.550 a.C. - 1.069 a.C.
Tercer Período Intermedio                   dinastías XXI a XXV                               1.069 a.C. -    664 a.C.
Período Tardío                                   dinastías XXVI – Alejandro Magno              664 a.C. -    332 a.C.

En definitiva, el Nilo marcó la vida de los lugareños desde tiempo inmemorial haciéndoles dependientes en grado absoluto y más que nada porque necesitaban comer y eran inminentemente agrícolas, que se vive mejor y en mayor número de la agricultura que de lo que se pueda cazar por las zonas boscosas. Así pues, cuando se producía la inundación, a verlas pasar y cuando bajaba el nivel, pues a repartir el lodo y hacer huertos y a plantar y a recolectar y a pagar impuestos a los dioses que eran buenos y les traían el agua.
Desde un principio convivieron las elites privilegiadas por el “sistema” faraónico y un pueblo que como siempre pagaba las cerámicas que se iban rompiendo, alternándose  las épocas de bonanza y escasez que aún no se llamaban crisis, aunque albergaban ya los mismos elementos desestabilizadores: la codicia, el gusto por el fasto y la ostentación, la precariedad de la vida del peón de brega, las hambrunas y las tormentas, los lujos otra vez, el despotismo y la tiranía, las desigualdades y así hasta el infinito llegando a los tiempos actuales. Pero esa es otra Historia.
            Como de tontos tenían nada más que lo imprescindible, pronto se dieron cuenta que esta inundación venía más o menos cada 365 días y confeccionaron un calendario basado en las crecidas que llenaban de lodo los campos y borraban límites y senderos para lo cual empezaron a darle vueltas a la geometría y a las matemáticas, a los pictogramas importados de Sumer, a la astrología y algún que otro dios y mito. A favor de todo esto estuvo también la soledad: al norte el Mediterráneo, al sur la nada continental, al este el Mar Rojo y al oeste el desierto (aunque no siempre fue tal). No tenían enemigos declarados más que ellos mismos.



[1] Historia. Libro 2. El Logos Egipcio. Págs. 189 y ss.  Ed. Cátedra. Madrid 2008
[2] Diodoro Sículo, BH I,36,1-12. [Versión de F. Parreu (ed.), Diodoro de Sicilia. Biblioteca Histórica. Libros I-III. Biblioteca Clásica Gredos. Madrid 2001, pp. 215-218.