Volvamos al deporte. Como tenían
mucho tiempo libre y bastantes conocimientos y el río no estaba jugándosela de
continuo; como tampoco estaban construyendo a diario monumentos colosales por
todos los rincones – si es que el desierto tiene rincones – , es de suponer que
sin televisión ni papiros al alcance de todos, pues se dieron en emular lo que
hacían sus dioses faraones con su tiempo y esto no era otra cosa que practicar
la caza y la pesca, las carreras rituales, prácticas de autodefensa y ataque
con arcos y lanzas, juegos de pelota y cuando la climatología obligaba, algún
que otro juego de mesa e interior.
Centro de Alto Rendimiento
Con el paso de los años fueron
construyendo lo que dieron en llamar Jeneret
que viene a significar “lugar cerrado”
donde se toca música o se lleva el ritmo. Era este un invento excluyente y
diferenciador que se procuraron las clases dirigentes por y para perpetuarse.
Un lugar cerrado fuera de palacio, pero en las inmediaciones, donde moraban la
madre del faraón y las esposas de éste – principales y concubinas – con sus
hijos. Todo un tropel de gente bien y “guapa”. Sin duda ni temor a equivocarme,
pienso que por los patios adyacentes correteaban los chiquillos y entre clase
de religión o de estrategia, entre peleas y descansos, entre ritos y gozos,
comenzaron a practicar sus habilidades y a competir entre ellos para saber y
determinar su posición ante su padre y demás ralea. Es una cuestión instintiva
agazapada por la civilización y a la vez transformada para llegar al punto de
no tener que descalabrarse en peleas inútiles cuando podemos establecer unos
baremos o reglas admitidas por todos.
En las inmediaciones de este primitivo
CAR (pero no menos efectivo) desarrollarían sus funciones por este orden los
sacerdotes y los médicos, la nobleza y los dirigentes del estado, los escribas
y un poco más alejados en sus viviendas y lugares de influencia, los artesanos,
los comerciantes y el ejército. En los campos circundantes, los campesinos y
los siervos y en los confines o donde podían y les dejaban, los pocos esclavos
que los egipcios poseían, si es que tenemos en consideración que las guerras a
este paraíso vinieron bastante tarde.
Esta gran civilización tenía
consolidada la igualdad de hombre y mujer. Sería en el trascurso de los siglos
que primero los asirios y luego griegos, romanos, cristianos y musulmanes,
acabaran con ese apetecible estado social.
Pues bien, a pesar de ellos, en el Jeneret la jerarquía recaía
sobre la Primera Dama, la venerable, mientras que las demás constituían el
“Ornato Real”. El trabajo de las niñas, como su aprendizaje, iba dirigido a las “labores de su género” como
diríamos en la actualidad: danza, tañer el arpa, el laúd o la flauta, elaboración
de hermosos útiles de belleza y aseo y confección de vestidos. Se supone que
las enseñarían a leer y escribir jeroglíficos. Además de CAR, ejerció mucha
influencia en todo lo tocante al estado y se constituyó en el “modelo del harén
oriental” hoy en día muy desprestigiado por la moral victoriana – que le comparaba
con el harén otomano – que tanto daño ha hecho y hace a nuestra sociedad.

Los niños españoles de mitad del siglo XX jugábamos a las mismas
cosas que los de hace 5000 años en Egipto. Solo cambiaron los medios, pero no
la esencia. Niños de la calle se decía y con juegos como las carreras, la pelota,
saltos, baños en los ríos o las tabas. Cuando nos dejaban montábamos a caballo
o fabricábamos arcos y flechas con varas de castaño.
En el Jeneret se perfeccionaría y entrenarían las cualidades
para vencer en los deportes que vemos en muchas inscripciones y en muchos
monumentos. Se practicaba con asiduidad la lucha libre, pesas, salto de
longitud, natación, remo, tiro con arco, pesca, atletismo (aunque aún no se
llamaba así). El futuro faraón y los dirigentes criados a su alrededor, tenían
que ser los mejores y además parecerlo para lo cual hasta uniformes de equipo
habían establecido, árbitros y reglas. Y
si los deportes eran individuales, los que accedían a la final recibían su
premio, uno por ganar y otro por su espíritu de lucha ya que no había
competición como entendemos ahora. Se trataba de mantener el cuerpo en forma

Jugaban con pelotas de fibra de papiro recubiertas de cuero, tanto
a lo que hoy denominaríamos balonmano como jockey (con una rama de palmera).
Levantaban sacos de arena o piedras para ejercitar la fuerza. A los faraones y es de suponer que a la clase
dirigente también, les encantaba la caza de animales salvajes o casi, como leones,
toros o hipopótamos (recordemos que Menes fue atrapado por un hipopótamo y o
bien murió o le salvó un cocodrilo por ser un dios). En cuanto a carreras, la más famosa era la
del faraón en el festival Heb Sed, cuando tenía que demostrar su vitalidad. Pero
había otras de más o menos distancia y
alrededor de los templos, en las que hasta el faraón participaba y claro, en
esas condiciones, siendo vos quien sois y temiendo las consecuencias, solía
ganar. Nada nuevo.
Se habla así mismo de una carrera entre Menfis y el oasis de
El Fayum donde los corredores salvan una distancia de unos 100 kilómetros en el
tiempo de 8 horas. Sirva este ejemplo para comentar que los escribas de la
antigüedad, como los periodistas de la actualidad mentían porque se equivocaban
de buena fe o porque directamente hacen valer sus preferencias y prejuicios. A
ver quién es capaz de correr en la actualidad y con todos los condicionantes a
favor, en pleno desierto, una distancia tal sin morir en el intento. Como
diríamos ahora: ¡menos lobos caperucita!
Saltaban longitud o altura colocando a dos competidores o
compañeros de fatigas, sentados con los pies casi en contacto y las palmas de
las manos tocándose, mientras que un tercero saltaba sobre ellos. Se dice que
hay lugares en la actualidad que se practica algo parecido y se llama “gallina
de los pasos”.
El lanzamiento de jabalina, la lucha, el tiro con arco, la
equitación o carreras de carros, formaban parte de las enseñanzas básicas para
la guerra defensiva u ofensiva. La caza de aves con un palo de forma y uso
parecido al boomerang australiano actual.
Hubo un faraón que descolló por encima de los demás en cuanto a sus
cualidades deportivas y no fue otro que Amenhotep
II, fallecido a los 26 años ( hay varias cronologías, una esta: 1438 – 1412
a.n.e. dinastía XVIII) pero con edad suficiente para haber pasado a la Historia
como un gran guerrero y un gran deportista,
destacando en remo, equitación y tiro con arco, especialidad esta última
donde obtuvo las mejores crónicas y, o bien el escriba mentía o era capaz de
atravesar una placa de cobre de seis centímetros que le ponían de diana. Aquí
recuerdo lo dicho sobre los intereses o las mentiras involuntarias. Tiene la
gloria de computarse durante su reinado el éxodo de los judíos. De haber sido
cierto, porque se pone muy en duda, ya que si algún día fue tal, había que
atribuirlo en el reinado de Ramsés II o Merenptah doscientos años después y de
todos es bien conocido que hacia el 1200 a.n.e. donde se supone la Guerra de
Troya, ocurrieron muchas cosas que podemos calificar de “posibles”.
La natación, en el rio directamente, como todo el mundo, aunque es
de suponer que si no había piscina en el Jeneret, en el rio les acotasen unos
espacios libres de bichos comedores de hombres o molestos, que para eso eran
semidioses o hijos de uno. Así que la pesca deportiva y la natación estaban a
la orden del día. El remo en ligeros barcos, precursor del piragüismo moderno,
completaba una lista enorme de prácticas deportivas a las que se aficionaba a
la prole desde la infancia. Matar el tiempo como siempre y cultivar el cuerpo.
La mente era otra cosa.
Y para ejercitar ésta, tenían otras cosas como los juegos de
mesa y uno de los mismos, el de Senet, es considerado por mucha gente como
precursor del ajedrez actual, del que no se sabe muy bien su procedencia y que
está rodeado así mismo de mitología, de casillas, sabios y trigo.
Este juego – como casi todos los que practicaban – estaba
relacionado con el placer pero también con “el más allá”. Recordemos que la
religión y la muerte fueron factores fundamentales de su existencia. Pues bien,
el Senet era practicado por todas las clases sociales desde siempre y hasta que
los romanos invadieron Egipto. Su nombre viene a significar “tránsito” o
“pasaje”
Los elementos materiales del juego eran el tablero de treinta
casillas sobre el que se colocaban 12 piezas similares a los peones del
ajedrez, cinco más de forma cilíndrica y otras siete cónicas y por desgracia
desconocemos la estrategia y la táctica del juego y por más decir, se
desconocen hasta las mínimas reglas, pero como ocurre con las tablillas de
arcilla sumerias y sus constantes descubrimientos, confiemos en algún papiro
escondido que desenmarañe la forma en que se jugaba.
De su práctica y expansión entre todo tipo de clases sociales nos
dan noticias los escritos, mencionado en el capítulo XVII del Libro de los
Muertos o las pinturas como la que nos
presenta a Nefertari jugando con el “invisible” en la pared de su tumba. En
cuanto a ejemplares tangibles, hay multitud repartidos por varios museos
europeos y egipcios.
Había otros juegos de mesa: el de las “veinte casillas” en el que
se empleaban cuatro piezas, dos con la cabeza de Anubis y otras dos con la
cabeza del dios enano Bes y la suerte la repartía una taba (astrágalo) que
hacía de dado. Se completaba con unos palitos que se lanzaban contra los
“dioses” tratando de su derribo.
El “juego de la serpiente” se realizaba sobre tablero con dibujo de
serpiente enrollada y de cuerpo compartimentado, antecesor de nuestro juego de
la Oca y práctica similar, donde podían competir hasta seis jugadores que
trataban de llegar de cola a cabeza con fichas de marfil. Pero no todo era
diversión.