Hasta el
momento fatídico en que Teodosio I el Grande (Coca – Segovia – 11 de enero de 347 – Milán,17 de enero de 395, emperador
romano de Oriente (379-395) y de Occidente (394-395), el último gobernante que
dirigió un Imperio romano unido) le dio por abolir y prohibir la celebración de los Juegos
Olímpicos, allá por el año 394 de nuestra era, los deportes estuvieron ligados
a la religión como una manifestación más del culto a los dioses y dado que
quiero hacer abstracción de Shulgi por motivos infundados y demasiado
mitológicos, creo que fueron los egipcios los verdaderos inventores del deporte
como tal, transmitiéndolo a Creta y alrededores y a lo que ahora damos en
llamar Grecia pero que hace siglos no era más que un lugar geográfico repleto de
ciudades estado peleándose entre sí. Hablaremos de esto más tarde.
Los
egipcios creían en dioses, como no, con la particularidad que eran igualitos a
ellos. Los fabricaron con sus mismas pulsiones, a su imagen y semejanza, con
las mismas pasiones y perversiones, todas. Eran capaces de odiar y vengarse y
engañar y amar y para colmo razonar para luego justificarlo todo.
Siglos más
tarde los griegos les adosaron los conceptos de bien y mal y los hebreos y sus émulos,
el de la creación incluido el hombre y sus costillas verdaderas y falsas.
Isaac Asimov[1] en uno de los
múltiples palos por él tocados, habla de la religión de los egipcios y de una manera bastante pintoresca nos informa
que “probablemente” se originara en
los viejos tiempos de caza, cuando su vida dependía de la suerte de abatir
animalillos y por eso hacían sus representaciones divinas con las cabezas de
animales, tanto para que abundaran por magnanimidad del dios de turno o para que
los susodichos peligrosos animales se portaran bien. Bueno.
Más plausible me parece otra hipótesis aventurada: El Sol, Re o Ra.
Los ciclos de vida inmediata. Los de la jornada entre su salida y su ocaso o
muerte y renacimiento al amanecer y así hasta el infinito. Les daba calor a
ellos y luz a las plantas, ambas cosas indispensables para la vida de las dos
partes y el aprovechamiento mutuo. Para las plantas inventaron a Osiris
Luego vinieron otros muchos dioses y fueron complicando todo su
panteón de una manera que hoy en día nos parece excesiva, pero ellos precisaban
la existencia divina tal cual eran sus necesidades. Así nació Set que luego mató
a su hermano Osiris – como Caín con Abel – y le asignaron la maldad que representaba
el desierto y la falta de crecidas. Luego Isis, Horus, hijo de Osiris e Isis y matador de Set y vuelta a empezar y
al más allá y la resurrección por y para la venganza.
Ellos querían salvarse a todo trance e inventaron el concepto
divino del “más allá” y toda una serie de fórmulas y encantamientos para que el
alma del difunto pueda pasar indemne por la sala del Juicio, donde se le podría
absolver de todo mal si es que no hubiera transgredido mucho las leyes de la
naturaleza: el no matarás ni dirás o invocarás el nombre de Ra en vano, no
robarás ni desearás la mujer del prójimo (sobre todo si éste es el jefecillo
del poblado, el sacerdote o el mismísimo faraón), honrarás a los progenitores y
cuidarás de ellos hasta que den el paso al más allá, etc., etc. No decían nada
de fornicar, así que pienso que esta fue una maldición judaica. Pues bien, todas
estas fórmulas fueron compiladas en el “Libro
de los Muertos”, donde había instrucciones hasta para el embalsamamiento y
posterior conversión en momias para la eternidad.
Eran muy supersticiosos, como todos los catecúmenos de cualquier
religión. En definitiva, buscaban incesantemente y encontraban algún ser
humano, animal, vegetal o mineral a quien poder culpabilizar de sus males y
problema resuelto.
Como eran súbditos de los dioses y
la manifestación suprema de los mismos era el faraón y a él debían todo,
rápidamente se encontró la forma de ocupar el tiempo libre – entre crecidas – y
evitar los malos pensamientos de las clases dirigentes, que sin duda serían
transmitidos al pueblo y acabarían como siempre en disturbios y algaradas
destructivas. Esta forma no fue otra que trabajar la piedra y construir
mastabas y pirámides y esfinges en honor del mandamás del momento.
Por desgracia para la Historia y por
ende para las grandes civilizaciones, el cine y la televisión han causado
graves estragos y problemas de entendimiento y asimilación, sacrificando la
realidad en post de la plástica y la imaginería que vende en cada momento. En
los años 60 del siglo XX fueron los peplos de aceitados culturistas donde los
protagonistas sacaban ojos a los cíclopes o cortejaban a Cleopatra, y en la
primera década del s. XXI ayudándose le la informática, la filmografía nos
muestra batallas imposibles en oscuros
desfiladeros o en paradisíacas playas
troyanas.
Resulta muy difícil de creer y
además antilógico, que una sociedad eminentemente agrícola pudiera mantener a
una ingente cantidad de personas esclavas con la finalidad de construir los
elementos arquitectónicos para sus dioses. Se piensa que en una gran pirámide (volvemos
a Herodoto) trabajaron tres mil peones durante veinte años en los periodos de
crecidas del Nilo, indefectiblemente, de junio a octubre todos los años. También
hay evidencias de barrios de “especialistas”, talladores de piedra, alfareros,
arquitectos y ayudantes, etc., que se dedicaban plenamente a la construcción y
mantenimiento. No eran esclavos tal y como entenderíamos ahora sobre los indígenas
(otra vez las películas). Más bien
serían esclavos como lo somos nosotros de las multinacionales y los “mercados” que nos venden las hipotecas.
A ellos les pagaban en especies. Luego venían los saqueos de las tumbas.
Merece la pena pararse un poco en la
primera construcción funeraria conocida, el complejo de Saqqara, porque en esta vieja pirámide construida por superposición
de mastabas, está el origen – por no decir el germen – de nuestra historia.
Pero claro, por algún sitio había que penetrar y este no era otro
que una puerta que imitaba a otra falsa, que tras un angosto pasadizo, accede a
un patio trapezoidal y mediante otro pasadizo, a una sala con 40 columnas
acanaladas de más de seis metros de altura y dispuestas en dos filas que dan
lugar a tres naves, de las cuales la central es la más elevada y las laterales
más luminosas por tener los vanos por donde penetraba el sol. Todo un laberinto.
El faraón celebraba todos los años
el festival de regeneración de poderes en uno de sus patios interiores, el
Heb-Sed, recintos repletos de simbolismos sobre las fronteras norte y sur de
los dos reinos unificados y donde el rey realizaba su anual (al menos) “Carrera del Jubileo”. Constatada y no
mítica como la de Shulgi.
Empero había una ceremonia especial
al cumplirse el trigésimo aniversario de su reinado y a modo y manera de
regeneración, donde el rey se la jugaba teniendo que enfrentarse corriendo en
solitario una distancia determinada para que sus fuerzas renacieran y de paso
demostrar a los súbditos que aún le acompañaban y de esta manera renovar su
confianza, que ya sabemos cómo se las gastan los jóvenes leones con aquellos a
los que las fuerzas les van abandonando con el paso de los años.
Si estos fastos entre lo divino y lo
humano no se pueden considerar puramente deportivos, si lo sería el
adiestramiento cotidiano para llegar en las mejores condiciones físicas
posibles con el fin de superar esta “carrera
ritual” y prueba de vida y renovación de inmortalidad. Entonces llegamos a una
definición del deporte que se considera como: los ejercicios físicos que acrecientan
la soltura, agilidad y destreza de la persona y que es practicado con la finalidad
de resistir la fatiga y a la postre competir.
Todas las monarquías primitivas se
caracterizaron por un acto similar, una carrera de velocidad a rey desnudo y
con un flagelo en la mano. También se dice que al rey lo acompañaba su perro y
el sacerdote de las almas de los reyes prehistóricos. De esta carrera dependía
la fertilidad de los campos, que para eso eran divinos.

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