domingo, 2 de junio de 2013

Atalanta e Hipómenes
Hay dos personajes interesantísimos dentro del mundo de las carreras mitológicas. Atalanta como primera mujer campeona y Aquiles el homérico héroe de los pies ligeros. Ambos pertenecientes al mundo de la leyenda y ambos semidioses.
Pero vamos a centrarnos primero en la campeona Atalanta, la gran cazadora de los bosques de Beocia cuya imagen y figura estaban adscritas a la diosa Artemisa con la que compartía diversas cualidades y la mejor corredora de toda la mitología.
Había nacido Atalanta de varios padres e incluso de varias madres siempre según el mito al que se acogiera y dependiendo de la zona helena donde se narre: Arcade o Ménalo para el ciclo arcaico o para Eurípides. No obstante, para el padre de la mitología: Hesíodo, es hija de Atamante y Temisto y como él era Beocio queda pues Atalanta adscrita a la zona para siempre. Más con estos antecedentes y paternidades o maternidades varias, solo le quedaba a la niña que ser expuesta en el bosque, a la brava, como antes había sido Moisés y después Rómulo y Remo. Nada nuevo en barbaridades.
Los niños eran expuestos por dos motivos fundamentales: Familia pobre que no podía mantenerlos, o peor aun, que su padre no les reconociera como a sus hijos. Pero no es lugar este de discusiones ni disquisiciones morales de hace 3000 años.
El caso es que su padre – el que fuera – la lleva al monte Partenio y la deja abandonada a su suerte, que no es otra que ser hallada por una osa que la amamanta hasta que nuevamente es encontrada por unos cazadores que la crían y la adiestran en sus artes, haciendo de la niña una diestra corredora que paulatinamente se hace una bella mujer que corre y caza por igual y que se pelea con centauros violadores o que lo intentaron (Reco e Hileo) pues como tenían pocas cosas que hacer, se dedicaban a lo que mejor sabían: crear problemas por su excesivo afán por las mujeres y su fealdad.
Atalanta se hace famosa como corredora venciendo en los juegos fúnebres que Peleo organiza tras la muerte de su hijo, Aquiles, y tras participar en la cacería del Jabalí de Calidón. En la primera hazaña: vencedora de la “carrera” del estadio se puede dudar porque las mujeres tenían prohibido participar, pero ya que de mitología se trata y la abstracción que debemos hacer por lo mismo, lo daremos por bueno. Y de la cacería del espíritu tectónico representado por el Jabalí, pues otro tanto de lo mismo.
El jabalí fue enviado por la diosa Artemisa ya que el rey Eneo de dicha ciudad, se olvidó de ella cuando hizo las ofrendas rituales y anuales, y entonces los súbditos – como siempre – sufrieron el envenenado regalo por parte de la diosa.
El animal enorme y rabioso se dedicó afanosamente a destrozar viñedos y olivares, amén de las vidas de quienes oponían su cuerpo a tal bestia. Tan grande fue el pánico que las pobres gentes fueron a refugiarse dentro de las murallas de la ciudad, y tan escasos los alimentos (recordemos los destrozos del jabalí) que la gente se moría de hambre. Y ante lo dicho, Eneo convocó a los mejores cazadores de la época bajo el señuelo de regalarles la piel y los colmillos del artiodáctilo.
Allá que van cantidad de hombres famosos, valientes y potentados: Anceo, rey de Arcadia. Castor de Esparta, hermano de Helena y Clitemnestra y del otro dióscuro: Polienice. Jasón el de los argonautas. Meleagro, hijo de Eneo. Teseo de Atenas, entre otros muchos, pero también una mujer que sembró la discordia y causó varias tragedias con su presencia y su triunfo: Atalanta, enviada por la diosa con tal fin, con lo que se colige que primero envió una bestia mala y una solución peor. Muy típico de los dioses.
Como todo en la época estaba mediatizado por las leyes y los oráculos, la niña estaba consagrada virgen a una diosa y el oráculo había predicho que si llegaba a casarse, se convertiría en un animal. Muy lista ella y sabedora de sus cualidades, a todos y cada uno de sus pretendientes les retaba a una carrera que tenía por premio ella misma y por castigo la muerte.
Así fue deshaciéndose paulatinamente de torpes y hábiles, de pardillos y confiados en que la distancia que ella graciosamente les otorgaba, sería suficiente. Indefectiblemente fue matando chavalillos que la pretendían hasta que llegó Hipómenes, que ayudado por Afrodita, otra diosa que seguro quería humillar a Artemisa,  le había regalado unas manzanas de oro al apuesto joven, con el ánimo de que venciera en la carrera de la muerte.
Hipómenes se tiró al charco y aceptó la ventaja concedida. Una vez puestos a correr como posesos, cada vez que Atalanta se le acercaba, él tiraba una manzana de las Hespérides y ella no pudiendo resistir la tentación se agachaba a recogerla y cedía un poco de terreno y así corriendo y recolectando manzanas, llegan a la meta y gana Hipómenes por un cuerpo y unas cuantas manzanas de menos. Se casan y viven felices un tiempo, indefinido que los mitos no cronometran, hasta que despistadillos tuvieron la osadía o el inmenso error de introducirse en tierras de otra diosa: Cibeles, que como castigo por la afrenta, les convierte en dos leones y se cumple la leyenda. Desde entonces podemos ver a los amantes en la plaza de Madrid que lleva el nombre de la diosa. También en Méjico están de la misma guisa.
Otra versión de la metamorfosis nos dice que fue por haber consumado el amor en un templo y entonces Afrodita o Zeus o los dos a la vez, les convierten en los leones que ungen al carro de Cibeles. Mala suerte de cualquier forma o buena, pues se hacen inmortales.
Ovidio en su libro de las Metamorfosis nos cuenta la transformación de esta poética e inmortal forma:
"De luz exigua había cerca de esos templos un receso,           
a una caverna semejante, de nativa pómez cubierto,       
por una religión primitiva sagrado, adonde su sacerdote,
de leño, había llevado muchas representaciones de viejos dioses.         
Aquí entra y con ese vedado oprobio ultraja los sagrarios.         
Los sagrados objetos volvieron sus ojos, y coronada de torres la Madre
en la Estigia onda a los pecadores duda si sumergir.     
Condena leve le pareció. Así pues, unas rubias crines velan,      
poco antes tersos, sus cuellos, sus dedos se curvan en uñas,   
de sus hombros unas espaldillas se hacen, hacia su pecho todo
su peso se va, las supremas arenas barridas son de su cola.     
Ira su rostro tiene, en vez de palabras murmullos hacen, 
en vez de sus tálamos frecuentan los bosques y, para otros de temer,   
con su diente domado aprietan de Cibeles los frenos, los leones.          
De ellos tú, querido mío, y con ellos del género todo de las fieras,        
el que no sus espaldas a la huida, sino a la lucha su pecho ofrece,        
rehúye, no sea la virtud tuya dañosa para nosotros dos.”

Otra proeza de Atalanta nos recuerda el paso por el desierto de Ismael, el hijo de Abraham y su esclava egipcia Agar, expulsados ambos por los celos de Sara la legítima según la Biblia. Sin agua ni algo que llevarse al gaznate para calmar la sed, da un golpe sobre una piedra y brota una fuente. Atalanta lo hizo con su jabalina en el lugar donde se conserva el teatro más impresionante de la Grecia Clásica: Epidauro.
El rapto de Europa
Uno de los mitos más representados en la imaginería de todos los tiempos y por artistas tan diferentes como los anónimos dibujantes de las hidras áticas o los mosaicos romanos,  hasta pintores como Picasso y Matisse o escultores como Botero y Benrimon. El cuadro elegido para su representación es de  Martin de Vos (1590) y se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
En mi opinión, sin excesivo fundamento y en demasía teñida por  el deseo,  con este mito nace lo que puede ser una ramificación o un eje primordial sobre el que giran sus dioses y el nuestro.
Dando por descontado que a medida que surgían miedos nuevos se creaban dioses a su medida y proporcionales tanto en bondades como en crueldades que justificaran la esencia humana y así mismo asumiendo que desde varios siglos antes de la invasión micénica sobre Creta los dioses ya moraban en hogares y construcciones monumentales, tanto en Sumeria como en Egipto, pues a buen seguro que por las tierras helenas había varios a manera de dioses importados bajo formas y nombres diferentes, desde Gea hasta Zeus pasando por Urano y Rea y Cronos y el resto de Titanes y Titánides (que vienen a representar a los ángeles caídos, pero muchos siglos antes) y una pléyade más de dioses menores o iguales, quien sabe.
El caso es que por las maltratadas tierras helenas – los griegos vienen sufriendo desde hace más de veinticuatro siglos – que producían poco más que olivos, las gentes necesitaban entre otras cosas barcos fiables para la pesca y también su comercio de cerámicas, aceites y cereales. En aquel tiempo el trasiego por el Levante Mediterráneo era amplio y abundante, tanto de personas como de víveres, piedras, esencias, cedros, aceites, dioses, almas y mujeres, esclavos y señores, piratas, comerciantes y tropas de saqueo.  Así que me voy a detener en las tropas de saqueo por interés particular.
Un día, unos cuantos micénicos llevados por sus necesidades deciden ir a la Fenicia de la época en plan ver lo que se pueden echar al diente y en una playa observan a unas cuantas pastorcillas con su ganado ¿qué podían hacer? Pues lo que hacían todos los piratas mediterráneos de la época. De una parte mujeres más o menos cultas (pertenecientes a otra cultura distinta y milenaria) y con vestidos de seda,  jugueteando o directamente mojando las camisetas en el cálido mar. De la otra, unos guerreros asilvestrados cuyas mujeres se vestían de tosca lana, oliendo a cabra y rodeadas de otros guerreros que con frecuencia las maltrataban.
Uno o más barcos aparecen por cualquier recodo de las calas levantinas, cargados de energúmenos que al instante se percatan del espectáculo de chicas confiadas bañándose mientras el ganado vacuno pasta tranquilo. Saltan a tierra y se apoderan de la presa más fácil. Las vacas cocean y posiblemente los barcos no estuvieran lo suficientemente preparados para el transporte de ganado o no era lo que ellos buscaban en aquel momento. Ya volverían otro día, pero mientras tanto se llevan a las chicas y sin saberlo, a una hija del rey de Tiro: Europa, hija de Agénor y Telefasa, que con otras sidonias descansaba, o vaya usted a saber qué hacía, en la playa.
El mito clásico, bello como todos, nos enseña que Zeus enamorado de la chica y sabiendo de sus aficiones pastoriles,  le ordena[1] a Hermes que poco a poco acerque a todo el ganado hasta la playa mientras que él se transforma en un toro blanco que se mezcla con el rebaño y haciéndose el encontradizo, se va acercando a Europa. Esta le acaricia y ante su aparente mansedumbre, monta sobre él, que poco a poco se va adentrando en el mar y como que no quiere la cosa, nada unos ochocientos kilómetros para arribar a Creta.
Me surgen varios interrogantes, pero me voy a centrar en el más obvio: ¿Qué hace un toro nadando ochocientos kilómetros para ir a Creta cuando con tan solo doscientos llegaría a Chipre? Y mis escasos conocimientos responden que por Chipre habitaban fenicios o aliados de Agénor en magnitud tal que les hubieran causado bastante malestar a los secuestradores, sino directamente la muerte.
De resultas de este rapto se ocasionan dos consecuencias fundamentales. De una parte, los piratas que llegan a Creta eufóricos y envalentonados dan un golpe de estado y destronan a la persona que reinaba, colocando en su lugar a un soldado aqueo y estableciendo un nuevo sistema que trocaba el matriarcal reinante  por otro militar. Y de otra parte, el rey fenicio envía a sus hijos a buscar a su hermana, uno de los cuales: Cadmo, llega a la Hélade  continental y acaba por fundar la ciudad de Tebas e introducir el alfabeto fenicio, dando así lugar a la posibilidad de que los mitos puedan ser transcritos. Nada más y nada menos. Volvemos a Hesíodo.
Zeus con Europa tiene tres hijos: Minos, Radamantis y Sarpedón. El primero da nombre a la nueva civilización: Minoica y nos topamos nuevamente con Creta, lugar que recordamos como la primera estancia de Zeus huyendo de su padre.



[1] Homero: La Ilíada. Ed. Espasa Calpe. M. 1999
[2] B. Souvirón. El Rayo y la Espada (I). Pág.- 78. Alianza Editorial. Madrid 2008
Zeus y los Animales
                Antes de volver directamente a Creta y su recién nacida mitología con el advenimiento de Zeus, una pequeña digresión: pienso que fueron los aqueos quienes  trasladaron sus leyendas a la isla, cansados de muerte y destrucción y de viajes por el Egeo camino de Egipto, Caria, Licia, Cilicia o Canaán, a talar cedros para construir barcos o a comprar  trigo o papiros. A saber.
                El caso es que tras la destrucción de Troya y consiguientes tragedias como la de Clitemnestra, Egisto, Orestes y tantas otras, los aqueos salieron diasporados  hacia todas partes y recabaron unos acá, otros acullá  y algunos en Creta, más que nada con el fin de  procurarse el sustento y ya de paso, modificar todo un sistema de vida indígena, pacífico y tranquilo, chocante con sus belicosas costumbres.
                De su vuelta a la Grecia continental y con la finalidad de justificar su deleznable conducta (aún no habían inventado la palabra “bárbaro”. Se la reservaban para los persas) tuvieron  que urdir algunas explicaciones e idearon entre otros seres fabulosos al rey Minos y a su hijo: el “Minotauro”. ¿Nació así la mitología? Recordemos que los primeros escritos al respecto nos vienen suministrados por Hesíodo, unos 900 años más tarde.
                Pero antes que apareciera el poeta de Ascra, si hacemos caso a Homero – y debemos hacerlo – y a su gran monumento épico: La Ilíada[1], tenemos el inicio de la tragedia con el sacrificio de una doncella para proporcionar buenos vientos a las tropas aqueas en su partida desde Aulide hacia Troya: Ifigenia.
Primero Esquilo (Agamenón) y posteriormente  Eurípides (Ifigenia en Aulide), nos dan cuenta de la tragedia, sobre todo para la desgraciada niña, a quien los muy animales habían engañado con el señuelo de su matrimonio con el gran Aquiles. Por otra parte, este tipo de canallada era muy repetida en diversas culturas de la época. Ifigenia era nieta de Zeus por parte de madre.
Un día de calor, a la orilla del Eurotas – rio de Esparta – estaba paseando Leda, la esposa del rey  Tindáreo, cuando aparece un cisne perseguido por un águila y claro, ante semejante portento y poniéndose de parte del ser más débil, Leda se apiada y da cobijo al cisne, que no era otro que el padre de los dioses bajo pluma, el cual ni corto ni perezoso se beneficia a la dama; ésta por la noche a su vez yace con su marido y al cabo de un tiempo no especificado, pone dos huevos de los que salen Helena de Esparta (más tarde conocida mundialmente como de Troya), Clitemnestra, Cástor y Pólux. Con el tiempo Clitemnestra se desposa con Agamenón y Menelao con Helena. Agamenón tiene varios hijos: Ifigenia, Crisótemis (prototipo del indulgente), Orestes y Electra. Pura tragedia en ciernes.
Bernardo Souvirón[2] nos muestra un muy poético nacimiento de Helena,  como resultado de la unión, ambos en forma de cisne, de Zeus y la diosa Némesis, en Ramnunte (una aldea del Ática cerca de Maratón). La puesta del huevo debe trastocar bastante a la diosa vigilante de las cosas del mundo, porque  lo abandona en medio del campo y son unos pastores quienes lo encuentran y entregan a Leda, la esposa de Tindáreo.  El resto se repite.
A medida que Zeus se hacía más viejo, también se hacía más “pellejo”. Le gustaban las criaturas tiernas y a todo lo que llevara clámide, allá que se iba, la mayoría de las veces disfrazado y haciéndose el encontradizo. Cuando su cortejo se dirigía a una deidad, iba de frente, sin disfraz. Pero cuando se trataba de una mortal, se disfrazaba o metamorfoseaba de muchas formas.
Con Alcmena se mutó en Anfitrión, su esposo y nació Heracles. Con Antíope lo hizo de sátiro y causó un problema familiar, porque su padre no la creyó. Para seducir a  Calisto, la más bella, se trocó en Apolo según unos y para otros en Artemisa (diosa de la caza). Y así casi hasta el infinito de seducidas y de hijos. Por ahora vamos a pararnos en el disfraz de toro blanco.




[1] Homero: La Ilíada. Ed. Espasa Calpe. M. 1999
[2] B. Souvirón. El Rayo y la Espada (I). Pág.- 78. Alianza Editorial. Madrid 2008