Zeus y los Animales
Antes de volver directamente a
Creta y su recién nacida mitología con el advenimiento de Zeus, una pequeña digresión: pienso que fueron los aqueos
quienes trasladaron sus leyendas a la
isla, cansados de muerte y destrucción y de viajes por el Egeo camino de Egipto,
Caria, Licia, Cilicia o Canaán, a talar cedros para construir barcos o a
comprar trigo o papiros. A saber.
El caso es que tras la
destrucción de Troya y consiguientes tragedias como la de Clitemnestra, Egisto, Orestes y tantas otras, los aqueos salieron diasporados hacia todas partes y recabaron unos acá,
otros acullá y algunos en Creta, más que
nada con el fin de procurarse el
sustento y ya de paso, modificar todo un sistema de vida indígena, pacífico y
tranquilo, chocante con sus belicosas costumbres.
De su vuelta a la Grecia
continental y con la finalidad de justificar su deleznable conducta (aún no
habían inventado la palabra “bárbaro”.
Se la reservaban para los persas) tuvieron que urdir algunas explicaciones e idearon
entre otros seres fabulosos al rey Minos
y a su hijo: el “Minotauro”. ¿Nació así la mitología? Recordemos que los
primeros escritos al respecto nos vienen suministrados por Hesíodo, unos 900
años más tarde.
Pero antes que apareciera el
poeta de Ascra, si hacemos caso a Homero
– y debemos hacerlo – y a su gran monumento épico: La Ilíada[1], tenemos
el inicio de la tragedia con el sacrificio de una doncella para proporcionar
buenos vientos a las tropas aqueas en su partida desde Aulide hacia Troya: Ifigenia.
Primero Esquilo (Agamenón) y posteriormente Eurípides (Ifigenia en
Aulide), nos dan cuenta de la tragedia, sobre todo para la desgraciada niña,
a quien los muy animales habían engañado con el señuelo de su matrimonio con el
gran Aquiles. Por otra parte, este
tipo de canallada era muy repetida en diversas culturas de la época. Ifigenia era nieta de Zeus por parte de madre.
Un
día de calor, a la orilla del Eurotas – rio de Esparta – estaba paseando Leda, la esposa del rey Tindáreo,
cuando aparece un cisne perseguido por un águila y claro, ante semejante
portento y poniéndose de parte del ser más débil, Leda se apiada y da cobijo al cisne, que no era otro que el padre
de los dioses bajo pluma, el cual ni corto ni perezoso se beneficia a la dama;
ésta por la noche a su vez yace con su marido y al cabo de un tiempo no
especificado, pone dos huevos de los que salen Helena de Esparta (más tarde conocida mundialmente como de Troya), Clitemnestra, Cástor y Pólux. Con el
tiempo Clitemnestra se desposa con Agamenón y Menelao con Helena. Agamenón tiene varios hijos: Ifigenia, Crisótemis (prototipo del
indulgente), Orestes y Electra. Pura tragedia en ciernes.
Bernardo Souvirón[2] nos muestra un muy poético
nacimiento de Helena, como resultado de
la unión, ambos en forma de cisne, de Zeus y la diosa Némesis, en Ramnunte (una
aldea del Ática cerca de Maratón). La puesta del huevo debe trastocar bastante
a la diosa vigilante de las cosas del mundo, porque lo abandona en medio del campo y son unos pastores
quienes lo encuentran y entregan a Leda,
la esposa de Tindáreo. El resto se repite.
A
medida que Zeus se hacía más viejo, también
se hacía más “pellejo”. Le gustaban
las criaturas tiernas y a todo lo que llevara clámide, allá que se iba, la
mayoría de las veces disfrazado y haciéndose el encontradizo. Cuando su cortejo
se dirigía a una deidad, iba de frente, sin disfraz. Pero cuando se trataba de
una mortal, se disfrazaba o metamorfoseaba de muchas formas.
Con
Alcmena se mutó en Anfitrión, su esposo y nació Heracles. Con Antíope lo hizo de sátiro y causó un problema familiar, porque su
padre no la creyó. Para seducir a Calisto, la más bella, se trocó en Apolo según unos y para otros en Artemisa (diosa de la caza). Y así casi
hasta el infinito de seducidas y de hijos. Por ahora vamos a pararnos en el
disfraz de toro blanco.
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