El rapto de Europa
Uno de los mitos más representados en la
imaginería de todos los tiempos y por artistas tan diferentes como los anónimos
dibujantes de las hidras áticas o los mosaicos romanos, hasta pintores como Picasso y Matisse o
escultores como Botero y Benrimon. El cuadro elegido para su representación es
de Martin de Vos (1590) y se encuentra
en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
En mi opinión, sin excesivo fundamento y en demasía
teñida por el deseo, con este mito nace lo que puede ser una
ramificación o un eje primordial sobre el que giran sus dioses y el nuestro.
Dando por descontado que a medida que surgían
miedos nuevos se creaban dioses a su medida y proporcionales tanto en bondades
como en crueldades que justificaran la esencia humana y así mismo asumiendo que
desde varios siglos antes de la invasión micénica sobre Creta los dioses ya
moraban en hogares y construcciones monumentales, tanto en Sumeria como en
Egipto, pues a buen seguro que por las tierras helenas había varios a manera de
dioses importados bajo formas y nombres diferentes, desde Gea hasta Zeus
pasando por Urano y Rea y Cronos y el resto de Titanes y Titánides (que vienen
a representar a los ángeles caídos, pero muchos siglos antes) y una pléyade más
de dioses menores o iguales, quien sabe.
El caso es que por las maltratadas tierras
helenas – los griegos vienen sufriendo desde hace más de veinticuatro siglos –
que producían poco más que olivos, las gentes necesitaban entre otras cosas
barcos fiables para la pesca y también su comercio de cerámicas, aceites y cereales.
En aquel tiempo el trasiego por el Levante Mediterráneo era amplio y abundante,
tanto de personas como de víveres, piedras, esencias, cedros, aceites, dioses,
almas y mujeres, esclavos y señores, piratas, comerciantes y tropas de saqueo. Así que me voy a detener en las tropas de
saqueo por interés particular.
Un día, unos cuantos micénicos llevados por sus
necesidades deciden ir a la Fenicia de la época en plan ver lo que se pueden
echar al diente y en una playa observan a unas cuantas pastorcillas con su
ganado ¿qué podían hacer? Pues lo que hacían todos los piratas mediterráneos de
la época. De una parte mujeres más o menos cultas (pertenecientes a otra
cultura distinta y milenaria) y con vestidos de seda, jugueteando o directamente mojando las camisetas
en el cálido mar. De la otra, unos guerreros asilvestrados cuyas mujeres se
vestían de tosca lana, oliendo a cabra y rodeadas de otros guerreros que con
frecuencia las maltrataban.
Uno o más barcos aparecen por cualquier recodo
de las calas levantinas, cargados de energúmenos que al instante se percatan
del espectáculo de chicas confiadas bañándose mientras el ganado vacuno pasta
tranquilo. Saltan a tierra y se apoderan de la presa más fácil. Las vacas
cocean y posiblemente los barcos no estuvieran lo suficientemente preparados
para el transporte de ganado o no era lo que ellos buscaban en aquel momento.
Ya volverían otro día, pero mientras tanto se llevan a las chicas y sin
saberlo, a una hija del rey de Tiro: Europa,
hija de Agénor y Telefasa, que con otras sidonias
descansaba, o vaya usted a saber qué hacía, en la playa.
El mito clásico, bello como todos, nos enseña
que Zeus enamorado de la chica y sabiendo de sus aficiones pastoriles, le ordena[1] a Hermes
que poco a poco acerque a todo el ganado hasta la playa mientras que él se
transforma en un toro blanco que se mezcla con el rebaño y haciéndose el
encontradizo, se va acercando a Europa. Esta le acaricia y ante su aparente
mansedumbre, monta sobre él, que poco a poco se va adentrando en el mar y como
que no quiere la cosa, nada unos ochocientos kilómetros para arribar a Creta.
Me surgen varios interrogantes, pero me voy a
centrar en el más obvio: ¿Qué hace un toro nadando ochocientos kilómetros para
ir a Creta cuando con tan solo doscientos llegaría a Chipre? Y mis escasos
conocimientos responden que por Chipre habitaban fenicios o aliados de Agénor en magnitud tal que les hubieran
causado bastante malestar a los secuestradores, sino directamente la muerte.
De resultas de este rapto se ocasionan dos consecuencias
fundamentales. De una parte, los piratas que llegan a Creta eufóricos y envalentonados
dan un golpe de estado y destronan a la persona que reinaba, colocando en su
lugar a un soldado aqueo y estableciendo un nuevo sistema que trocaba el matriarcal
reinante por otro militar. Y de otra
parte, el rey fenicio envía a sus hijos a buscar a su hermana, uno de los
cuales: Cadmo, llega a la Hélade continental y acaba por fundar la ciudad de
Tebas e introducir el alfabeto fenicio, dando así lugar a la posibilidad de que
los mitos puedan ser transcritos. Nada más y nada menos. Volvemos a Hesíodo.
Zeus con Europa tiene tres hijos: Minos,
Radamantis y Sarpedón. El primero da nombre a la nueva civilización: Minoica y
nos topamos nuevamente con Creta, lugar que recordamos como la primera estancia
de Zeus huyendo de su padre.
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