domingo, 2 de junio de 2013

El rapto de Europa
Uno de los mitos más representados en la imaginería de todos los tiempos y por artistas tan diferentes como los anónimos dibujantes de las hidras áticas o los mosaicos romanos,  hasta pintores como Picasso y Matisse o escultores como Botero y Benrimon. El cuadro elegido para su representación es de  Martin de Vos (1590) y se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
En mi opinión, sin excesivo fundamento y en demasía teñida por  el deseo,  con este mito nace lo que puede ser una ramificación o un eje primordial sobre el que giran sus dioses y el nuestro.
Dando por descontado que a medida que surgían miedos nuevos se creaban dioses a su medida y proporcionales tanto en bondades como en crueldades que justificaran la esencia humana y así mismo asumiendo que desde varios siglos antes de la invasión micénica sobre Creta los dioses ya moraban en hogares y construcciones monumentales, tanto en Sumeria como en Egipto, pues a buen seguro que por las tierras helenas había varios a manera de dioses importados bajo formas y nombres diferentes, desde Gea hasta Zeus pasando por Urano y Rea y Cronos y el resto de Titanes y Titánides (que vienen a representar a los ángeles caídos, pero muchos siglos antes) y una pléyade más de dioses menores o iguales, quien sabe.
El caso es que por las maltratadas tierras helenas – los griegos vienen sufriendo desde hace más de veinticuatro siglos – que producían poco más que olivos, las gentes necesitaban entre otras cosas barcos fiables para la pesca y también su comercio de cerámicas, aceites y cereales. En aquel tiempo el trasiego por el Levante Mediterráneo era amplio y abundante, tanto de personas como de víveres, piedras, esencias, cedros, aceites, dioses, almas y mujeres, esclavos y señores, piratas, comerciantes y tropas de saqueo.  Así que me voy a detener en las tropas de saqueo por interés particular.
Un día, unos cuantos micénicos llevados por sus necesidades deciden ir a la Fenicia de la época en plan ver lo que se pueden echar al diente y en una playa observan a unas cuantas pastorcillas con su ganado ¿qué podían hacer? Pues lo que hacían todos los piratas mediterráneos de la época. De una parte mujeres más o menos cultas (pertenecientes a otra cultura distinta y milenaria) y con vestidos de seda,  jugueteando o directamente mojando las camisetas en el cálido mar. De la otra, unos guerreros asilvestrados cuyas mujeres se vestían de tosca lana, oliendo a cabra y rodeadas de otros guerreros que con frecuencia las maltrataban.
Uno o más barcos aparecen por cualquier recodo de las calas levantinas, cargados de energúmenos que al instante se percatan del espectáculo de chicas confiadas bañándose mientras el ganado vacuno pasta tranquilo. Saltan a tierra y se apoderan de la presa más fácil. Las vacas cocean y posiblemente los barcos no estuvieran lo suficientemente preparados para el transporte de ganado o no era lo que ellos buscaban en aquel momento. Ya volverían otro día, pero mientras tanto se llevan a las chicas y sin saberlo, a una hija del rey de Tiro: Europa, hija de Agénor y Telefasa, que con otras sidonias descansaba, o vaya usted a saber qué hacía, en la playa.
El mito clásico, bello como todos, nos enseña que Zeus enamorado de la chica y sabiendo de sus aficiones pastoriles,  le ordena[1] a Hermes que poco a poco acerque a todo el ganado hasta la playa mientras que él se transforma en un toro blanco que se mezcla con el rebaño y haciéndose el encontradizo, se va acercando a Europa. Esta le acaricia y ante su aparente mansedumbre, monta sobre él, que poco a poco se va adentrando en el mar y como que no quiere la cosa, nada unos ochocientos kilómetros para arribar a Creta.
Me surgen varios interrogantes, pero me voy a centrar en el más obvio: ¿Qué hace un toro nadando ochocientos kilómetros para ir a Creta cuando con tan solo doscientos llegaría a Chipre? Y mis escasos conocimientos responden que por Chipre habitaban fenicios o aliados de Agénor en magnitud tal que les hubieran causado bastante malestar a los secuestradores, sino directamente la muerte.
De resultas de este rapto se ocasionan dos consecuencias fundamentales. De una parte, los piratas que llegan a Creta eufóricos y envalentonados dan un golpe de estado y destronan a la persona que reinaba, colocando en su lugar a un soldado aqueo y estableciendo un nuevo sistema que trocaba el matriarcal reinante  por otro militar. Y de otra parte, el rey fenicio envía a sus hijos a buscar a su hermana, uno de los cuales: Cadmo, llega a la Hélade  continental y acaba por fundar la ciudad de Tebas e introducir el alfabeto fenicio, dando así lugar a la posibilidad de que los mitos puedan ser transcritos. Nada más y nada menos. Volvemos a Hesíodo.
Zeus con Europa tiene tres hijos: Minos, Radamantis y Sarpedón. El primero da nombre a la nueva civilización: Minoica y nos topamos nuevamente con Creta, lugar que recordamos como la primera estancia de Zeus huyendo de su padre.



[1] Homero: La Ilíada. Ed. Espasa Calpe. M. 1999
[2] B. Souvirón. El Rayo y la Espada (I). Pág.- 78. Alianza Editorial. Madrid 2008

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