Zeus, el padre de todos los dioses
Y de muchísimos humanos, dado su
carácter salaz y rijoso a más no poder, que para eso era el más grande y se
ganó el trono a pulso. Pero veamos cómo.

Dicho lo dicho sobre Zeus y su nacimiento, el personaje es tan
importante y su figura tan fundamental que merece la pena detenerse unos
instantes en él y volver a B. Souvirón[1] que nos deleita con
otra leyenda sobre el lugar de nacimiento: La Arcadia, en mitad del Peloponeso,
la tierra dominada durante siglos por la ciudad estado de Esparta y sus
habitantes.
B. Souvirón aquí sigue la
tradición recogida por Calímaco de Cirene y nos cuenta magistralmente como Rea
trata de pasar inadvertida y esconderse de Crono, para lo que penetra en lugar
donde “ningún cuerpo proyectaba sombra”.
Finalmente y en plena noche parió a Zeus en el monte Liceo (monte del lobo) y después de lavarlo,
deposita el cuerpo del niño dios en brazos de la ninfa Neda, hija de Océano,
que junto a su abuela Gea,
rápidamente se dirigen a Creta, mientras que su madre pule una piedra que
ofrece a su ansioso y enfurecido esposo que rápidamente se traga como si del
hijo fuese. Animalico. Luego vomitaría la susodicha piedra y Zeus la coloca en
Delfos, punto central y referencia de futuro de la religiosidad de los helenos.
Volvamos a Creta.
Pero volvamos a los mitos que
también son bellos y didácticos a la hora de encontrar el origen de nuestra
forma de pensar y comportamiento actual.
Los Mitos
Griegos
Aquí
entramos de lleno en el mundo de los helenos pues la misma palabra deriva del
griego: mythos y según nuestro Diccionario de la Lengua es aquella “Narración maravillosa
situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter
divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes
acontecimientos de la humanidad”. Añadiría yo: lejos de cualquier atisbo de la razón.
Es decir, si queremos que el mito
adquiera todo el carácter didáctico para el que nació, debemos despojarnos de
la mínima presunción de razonamiento. La mitología griega evoluciona con el fin
de inculcar a sus ciudadanos una educación basada en personajes maravillosos y
sobrenaturales ejecutando hazañas extraordinarias.
Los
egipcios crean a sus dioses a su imagen y semejanza y los griegos pretenden que
los hombres imiten a sus dioses, que de algún modo se vean reflejados en ellos.
Modificarlo todo para que nada cambie. Los mitos son el cimiento de cualquier
cultura sobre el que se apoya la posterior religión.
Aunque
sigan vigentes en la actualidad y muchas instituciones poderosas que mueven el
mundo, no tengan interés en ese cambio, ya en la antigüedad se cuestionaban
muchos asertos de la mitología y así fue como nació la escuela de Mileto,
encabezada por Tales del mismo sitio, el primero de los siete sabios griegos,
padre de la filosofía y maestro de Anaxágoras, Pitágoras, Anaximandro,
etc., etc.
El
tal Tales
de Mileto (a quien profeso reverencia) tuvo que ser un buen escéptico para darse a observar los fenómenos
de la naturaleza y a buscar sus causas
al margen de los dictados de los dioses. Y así entre otras cosas maravillosas,
fue capaz de predecir un eclipse de sol en el 585 a.n.e. Y si esto, visto con
ojos actuales puede parecernos vulgar o carente de importancia, debemos recordar que entre los pueblos
primitivos – y no tanto – producía pavor. Sin más, los griegos de los años de Sócrates
aun temían o reverenciaban esos portentos y uno de los motivos del desastre de
Atenas en Sicilia, vino de la mano de un eclipse y de un general timorato: Nicias,
que junto a Lámaco y el depravado e innoble Alcibíades, fueron los
tres generales de la mencionada expedición, que marcaría el declive del imperio
ateniense.
Pero
Tales
de Mileto no se cansó, siguió impartiendo lecciones magistrales y se topó con
un alumno que acabaría siendo el primer agnóstico: Anaxágoras, que
revolucionó el cotarro hasta el punto de tener que exilarse de la gloriosa y
brillante Atenas, para que no le condenaran a muerte; muerte que el mismo se
proporcionó si se hace caso a la leyenda que dice se dejó morir de hambre. Pero
antes de eso, tuvo discípulos de la clase u categoría de Pericles, Protágoras,
Eurípides y el mismo Sócrates. Casi nada.
Pero antes que todos ellos,
tenemos a Hesíodo, personaje al
que todos los historiadores hacen referencia y que viene a colación – ni más ni
menos – por haber sido la primera persona que puso en orden y concierto el mítico
Panteón Griego. Considerado el primer poeta helénico, nació aproximadamente en
el 700 a.n.e., cerca de Tebas, en una mísera aldea al pie del Helicón: “Ascra[2], mala en
invierno, irresistible en verano y nunca buena”. Escribió tres libros: La Teogonía (imprescindible para los
dioses y los hombres), El Escudo de Heracles y Los Trabajos y los Días, en la
que trató de aleccionar a su vago y díscolo hermano.
Más adelante veremos cómo fue Tebas donde se inventó la escritura
helena o mejor, la ciudad a donde fue exportado el alfabeto fenicio tras ser
fundada por Cadmo, hermano de Europa. Y
si hemos de ser más prosaicos, a la que arribó un comerciante levantino que a
la postre se convertiría en el padre de Hesíodo.
Pero vayamos por partes.
El
deporte en la Hélade nació directamente alrededor de los templos y las
ceremonias religiosas habidas para ensalzar los constructos humanos llamados
dioses. Y como los helenos eran belicosos a más no poder, las manifestaciones
físicas que los mejores y más habilidosos hacían de sus cualidades guerreras
acabaron por derivar en lo que podríamos llamar “deporte”. Los griegos, que
importaron estas prácticas – como tantas otras cosas – de los egipcios, lo que
hicieron fue perfeccionarlas para deleite de sus dioses durante sus festivales y
ponerles más y mejores reglas, estableciendo lo que hoy podemos denominar como
deporte de competición.
Tampoco es que vayamos a bajar aquí
a todos los dioses del Olimpo, pero hay muchos que merecen la pena ser
recordados, así como los héroes, nacidos casi siempre al amparo de los amoríos
de una mujer y un dios, me hacen pensar casi con toda probabilidad de
equivocarme, que dado que los griegos estaban siempre atareados en guerras
internas o externas, sus esposas eran visitadas por el dios de turno y
desconsoladas o medio viudas ellas ¿podían hacer algo mejor que consolarse? Más tarde se elaboró una figura en forma de
paloma que hacía lo mismo, misteriosa e intangible de igual modo.