miércoles, 9 de enero de 2013


Zeus, el padre de todos los dioses
Y de muchísimos humanos, dado su carácter salaz y rijoso a más no poder, que para eso era el más grande y se ganó el trono a pulso. Pero veamos cómo.
Cronos, padre de Zeus, tenía la fea costumbre de comer a sus hijos para no tener descendencia que pudiera sucederle. Su esposa Rea, bastante harta, escondió a Zeus en Dictean, una gruta cretense también conocida como Psychro y que se puede visitar en la actualidad a unos 60 km de Iraklion. Allí puso al infante divino al cuidado de tres ninfas: Andrastia, Melisa e Ida, que lo alimentaban con la leche de la cabra divina Amalthea. Luego se puso a darle a la cabeza para acabar con Cronos. Ya sabemos que los poderosos primero hacen lo que quieren y luego buscan justificaciones.
Dicho lo dicho sobre Zeus y su nacimiento, el personaje es tan importante y su figura tan fundamental que merece la pena detenerse unos instantes en él y volver a B. Souvirón[1] que nos deleita con otra leyenda sobre el lugar de nacimiento: La Arcadia, en mitad del Peloponeso, la tierra dominada durante siglos por la ciudad estado de Esparta y sus habitantes.
B. Souvirón aquí sigue la tradición recogida por Calímaco de Cirene y nos cuenta magistralmente como Rea trata de pasar inadvertida y esconderse de Crono, para lo que penetra en lugar donde “ningún cuerpo proyectaba sombra”. Finalmente y en plena noche parió a Zeus en el monte Liceo (monte del lobo) y después de lavarlo, deposita el cuerpo del niño dios en brazos de la ninfa Neda, hija de Océano, que junto a su abuela Gea, rápidamente se dirigen a Creta, mientras que su madre pule una piedra que ofrece a su ansioso y enfurecido esposo que rápidamente se traga como si del hijo fuese. Animalico. Luego vomitaría la susodicha piedra y Zeus la coloca en Delfos, punto central y referencia de futuro de la religiosidad de los helenos. Volvamos a Creta.
Pero volvamos  a los mitos que también son bellos y didácticos a la hora de encontrar el origen de nuestra forma de pensar y comportamiento actual.
Los Mitos Griegos
            Aquí entramos de lleno en el mundo de los helenos pues la misma palabra deriva del griego: mythos y según nuestro Diccionario de la Lengua es aquella “Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad”. Añadiría yo: lejos de cualquier atisbo de la razón.
Es decir, si queremos que el mito adquiera todo el carácter didáctico para el que nació, debemos despojarnos de la mínima presunción de razonamiento. La mitología griega evoluciona con el fin de inculcar a sus ciudadanos una educación basada en personajes maravillosos y sobrenaturales ejecutando hazañas extraordinarias.
            Los egipcios crean a sus dioses a su imagen y semejanza y los griegos pretenden que los hombres imiten a sus dioses, que de algún modo se vean reflejados en ellos. Modificarlo todo para que nada cambie. Los mitos son el cimiento de cualquier cultura sobre el que se apoya la posterior religión.
            Aunque sigan vigentes en la actualidad y muchas instituciones poderosas que mueven el mundo, no tengan interés en ese cambio, ya en la antigüedad se cuestionaban muchos asertos de la mitología y así fue como nació la escuela de Mileto, encabezada por Tales del mismo sitio, el primero de los siete sabios griegos, padre de la filosofía y maestro de Anaxágoras, Pitágoras, Anaximandro, etc., etc.
            El tal Tales de Mileto (a quien profeso reverencia) tuvo que ser un buen  escéptico para darse a observar los fenómenos de la naturaleza y a  buscar sus causas al margen de los dictados de los dioses. Y así entre otras cosas maravillosas, fue capaz de predecir un eclipse de sol en el 585 a.n.e. Y si esto, visto con ojos actuales puede parecernos vulgar o carente de importancia,  debemos recordar que entre los pueblos primitivos – y no tanto – producía pavor. Sin más, los griegos de los años de Sócrates aun temían o reverenciaban esos portentos y uno de los motivos del desastre de Atenas en Sicilia, vino de la mano de un eclipse y de un general timorato: Nicias, que junto a Lámaco y el depravado e innoble Alcibíades, fueron los tres generales de la mencionada expedición, que marcaría el declive del imperio ateniense.
            Pero Tales de Mileto no se cansó, siguió impartiendo lecciones magistrales y se topó con un alumno que acabaría siendo el primer agnóstico: Anaxágoras, que revolucionó el cotarro hasta el punto de tener que exilarse de la gloriosa y brillante Atenas, para que no le condenaran a muerte; muerte que el mismo se proporcionó si se hace caso a la leyenda que dice se dejó morir de hambre. Pero antes de eso, tuvo discípulos de la clase u categoría de Pericles, Protágoras, Eurípides y el mismo Sócrates. Casi nada.
Pero antes que todos ellos, tenemos a Hesíodo,  personaje al que todos los historiadores hacen referencia y que viene a colación – ni más ni menos – por haber sido la primera persona que puso en orden y concierto el mítico Panteón Griego. Considerado el primer poeta helénico, nació aproximadamente en el 700 a.n.e., cerca de Tebas, en una mísera aldea al pie del Helicón: “Ascra[2], mala en invierno, irresistible en verano y nunca buena”. Escribió tres libros: La Teogonía (imprescindible para los dioses y los hombres), El Escudo de Heracles y Los Trabajos y los Días, en la que trató de aleccionar a su vago y díscolo hermano.
Más adelante veremos cómo fue Tebas donde se inventó la escritura helena o mejor, la ciudad a donde fue exportado el alfabeto fenicio tras ser fundada por Cadmo, hermano de Europa.  Y si hemos de ser más prosaicos, a la que arribó un comerciante levantino que a la postre se convertiría en el padre de Hesíodo. Pero vayamos por partes.
El deporte en la Hélade nació directamente alrededor de los templos y las ceremonias religiosas habidas para ensalzar los constructos humanos llamados dioses. Y como los helenos eran belicosos a más no poder, las manifestaciones físicas que los mejores y más habilidosos hacían de sus cualidades guerreras acabaron por derivar en lo que podríamos llamar “deporte”. Los griegos, que importaron estas prácticas – como tantas otras cosas – de los egipcios, lo que hicieron fue perfeccionarlas para deleite de sus dioses durante sus festivales y ponerles más y mejores reglas, estableciendo lo que hoy podemos denominar como deporte de competición.
            Tampoco es que vayamos a bajar aquí a todos los dioses del Olimpo, pero hay muchos que merecen la pena ser recordados, así como los héroes, nacidos casi siempre al amparo de los amoríos de una mujer y un dios, me hacen pensar casi con toda probabilidad de equivocarme, que dado que los griegos estaban siempre atareados en guerras internas o externas, sus esposas eran visitadas por el dios de turno y desconsoladas o medio viudas ellas ¿podían hacer algo mejor que consolarse?  Más tarde se elaboró una figura en forma de paloma que hacía lo mismo, misteriosa e intangible de igual modo.



[1] El Rayo y la Espada (I).- Pág.- 103 y ss.. Alianza Editorial. Madrid 2008
[2] Hesíodo: Los Trabajos y los días. Ed. Gredos. Pág. 105

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