Sumeria
es una región entre los ríos Éufrates y Tigris, cuyos habitantes – de origen
incierto – desarrollaron la civilización que lleva su nombre y que abarca un
periodo histórico aproximado entre el 5.000 y el 1.700 a.c. (dinastía de Isin)
Un
sacerdote llamado Beroso, del siglo III a.c., denomina a los pobladores de esta
región: “pueblo de las caras negras”. Otros, simplemente: “cabezas negras”. Los
sumerios, como dije antes, mas listillos o tal vez favorecidos por la climatología
y los buenos alimentos y que más o menos vivían para ver salir el sol y
divertirse durante los intervalos temporales en no se mataban entre sí, se
dieron a inventar cosas tan fútiles y banales como el torno de alfarería y el
horno (4000 a.c.) la rueda (3500 a.c.) o la escritura (3.300 a.c.) que primero
a manera y modo de pictogramas, pronto se convertiría en cuneiforme por arte de
unos estiletes de caña.
Como
ocurre en la actualidad en que la mayoría de los inventos provienen de la
investigación armamentística, los sumerios iban adaptando a la vida cotidiana sus “innovaciones” de guerra o como consecuencia
de la misma, que suena mejor y es un buen eufemismo.
En
fin, allá por el año 3500 a.c., entre los dos grandes ríos del Paraíso, en lo
que ya se podía denominar una ciudad y llevados posiblemente por tiempos de
abundancia y paz, las gentes de orden se dieron a pensar. Un buen día se
percataron de los muchos y variados artículos
que poseían y se encontraron con
la necesidad de catalogarlos (tampoco sabían que era un catálogo, pero lo
descubrieron y vete tú a saber cómo lo llamaron: ¿tablilla tal vez?).
No
es el momento de relatar el trabajo de los escribas, personajes que pertenecían
a la aristocracia local, hijos de ricos comerciantes o de la nobleza. Gente
destinada a perpetuar sus transacciones y formar a más escribas, para lo que
crearon las primeras escuelas, gracias a las cuales y a las labores de copia en
ellas desarrolladas, hoy tenemos miles de tablillas de todo tipo.
Pero
sí es tiempo de contar que los sumerios fueron una civilización floreciente que
destinó buena parte de su tiempo a organizar sus riquezas, elaborando la
escritura cuneiforme y adelantándose en varios siglos a los fenicios que inventaron
algo parecido y más trabajado: el alfabeto. Lo hicieron más que nada para poder
constatar sus transacciones, pero una vez puestos y aprovechando el invento,
crearon literatura. Se empieza a tener constancia del viejo aserto que sirve
para casi todas las ocasiones: primero comer y luego filosofar.
También
se divertían procreando que esto ocurre desde siempre y si no, no estaríamos
aquí y ahora. Necesitaban multiplicarse mucho porque también morían muchos por
un amplio listado de motivos, desde una infección de muelas hasta por designo
divino. También se mataban mucho entre si desde que el chamán les expulsó del
poblado de origen. Así que a engendrar.
De
la civilización sumeria se desconocía prácticamente todo después de siglos de
ahogo debido a que la mayoría de estudiosos estaban centrados en las rutilantes
excavaciones de Mesopotamia. La que nos ocupa fue descubierta y traída a primer
plano hace poco más de cien años, mientras buscaban cosas de los asirios y babilonios
en la ciudad de Uruk. De pronto comenzaron a emerger tablillas de barro con
escritura cuneiforme y aparecen los SUMERIOS como por arte de magia.
Vieron
la luz gracias a unos señores admirables (bajo mi particular prisma) llamados
arqueólogos. Son “pequeños sabios” descritos por Samuel N. Kramer como
individuos que adquieren su categoría después de muchos años publicando
artículos de consumo universitario o en revistas especializadas entre colegas,
de quien los mortales jamás recordamos el nombre pero si sus hallazgos más
espectaculares. Todos tenemos en mente la imagen de Tutankhamon o la máscara de
Agamenón, pero poco sabemos (los comunes) de sus descubridores, por poner tan
solo dos ejemplos.
Pero
los sumerios inventaron muchas cosas – por eso eran más listos que su entorno –
y algunas tan transcendentales y llamativas como una democracia rudimentaria
con su cámara baja y su senado, la una rellena de guerreros y señores y la otra
de viejecillos sabios. La estructura social era piramidal y bastante absoluta.
Arriba el rey y el sumo sacerdote, muchas veces fundidos en la misma persona.
Un poco más abajo, los señores de la guerra, funcionarios de alto nivel,
escribas y comerciantes, artesanos y campesinos y en la base los esclavos. Si
es que las cosas durante milenios han cambiado muy poco.
Pues
bien, se da el caso que las aldeas se iban estructurando en torno al templo
y éstas en ciudades estado más
organizadas, donde había un consejo de ancianos a manera de senado, al que
recurría el rey en caso de problema o asunto de incumbencia general como solía
ser un ataque de la ciudad vecina o de otra más poderosa. Y cuando los vejetes
tenían intereses distintos al populacho y se oponían a los designios del
reyezuelo, éste pasaba de ellos y se iba a la “cámara baja” o asamblea de
moradores con armas y arrestos para defenderse, les explicaba su punto de vista
y se saltaban a la “pata coja” los consejos de los viejos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario