Las actividades deportivas nacen o son paulatinas
transformaciones de las primeras pulsiones que conducen al niño a buscar sus
primeras diversiones, ya sea con elementos materiales (juguetes) o inmateriales
(el movimiento de las llamas o del mar) pasando por los juegos infantiles en
grupo, hasta las diversiones juveniles y por fin la regulación de este tipo de
actos y su ofrenda a los dioses.
Los asuntos deportivos – rudimentarios – de la antigüedad
siempre se manifestaron en torno a los templos o a las ceremonias religiosas. O
al menos fue durante las mismas cuando se pudieron establecer las primeras
reglas para igualar las condiciones de participación.
El trato que vamos a dar al tema religioso sumerio será tan
superficial que lo despacharemos en pocas líneas, pues si los expertos no se
ponen de acuerdo, los semi-analfabetos debemos ir con mucho tiento y pidiendo
excusas a cada paso. Pero merece la pena saber un poco de aquel acúmulo de
dioses. Casi un dios para cada asunto y apareciendo nuevos en cada excavación
arqueológica, y si hemos de ser realistas ante lo que falta por descubrir, supongo
que dentro de pocos años las cosas darán muchas vueltas y algún revolcón
divino.
Los sumerios fueron los iniciadores de la religión, la mitología
y la astrología de Mesopotamia para luego ser
la inspiraron de otros pueblos que la fueron puliendo poco a poco hasta
llegar a Yahvé, por ejemplo. Pero esto no implica que la inventaran ellos.
Posiblemente se inspiraran en otros y como la rueda o la agricultura, ellos la
perfeccionaron.
Asignaron un espíritu a cada cosa que les rodeaba y así explicaban
el funcionamiento de las mismas. Creían que la luna, el sol o las estrellas
eran dioses y que disfrutaban de las mismas emociones que los humanos, cualidad
ésta que se repite en todas y cada una de las religiones antiguas y actuales.
Sus dioses eran los propietarios de la tierra y del espíritu de
todo lo que se meneaba, incluidos hombres y animales. Eran ellos quienes
dotaban al ser humano de cualidades como la escritura u otras características
de su condición, además de todo aquello
que necesita. Fueron sus dioses quienes hicieron o moldearon con barro a los hombres
para que les sirvieran – ¿a qué suena? – aunque en esto ya se ve la mano de
algún listo.
Tenían la muy humana cualidad de enfadarse y entonces venían los
castigos: truenos, catástrofes que hoy decimos naturales, tormentas,
inundaciones, plagas, etc. El caso era imbuir en los súbditos la creencia de
que todo el pueblo estaba a merced del que mandaba y el intermediario era el
rey o el sumo sacerdote. Su mano o vicario en la tierra. Y este era el panteón
sumerio:
Nammu, la
diosa-madre.
An (o Anu), dios del cielo.
Nanna, el
dios luna en Ur.
Enlil, el
dios del viento.
Enki en el
templo de Erido, dios de
la beneficencia, controlador del agua dulce de las profundidades debajo de la
tierra.
Estos dioses estaban asignados a cada ciudad y claro, su estima
y consideración dependía mucho del poderío de la ciudad. Sufría vaivenes
temporales. Creían los sumerios que la tierra flotaba sobre el mar,
posiblemente porque tenían pozos por los que aparecía el agua, cosa nada
extraña en la zona en que moraban: Mesopotamia o tierra entre dos ríos. Y a ese mar le llamaron Nammu, madre
de todos los animales terrestres y marinos, adelantándose varios milenios a la
teoría del “Caldo Primigenio”.
Esta diosa no paraba y también creó el cielo y la tierra, pero
dejó que su hijo An y a su nieto Enlil, separaran el cielo de la tierra. Lo que
nadie nos dice es en cuántos días lo hicieron.
Esto se lo dejaron a los hebreos pero varios siglos más tarde.
Los dioses poseían pulsiones similares a las humanas o las
mismas pero mejoradas. Pero como no conocemos que hubieran desarrollado una
filosofía al respecto, lo que hacían o sabemos que hacían por las tablillas,
era contar cuentos de dioses que se comportaban como humanos. Eran inmortales que gozaban y sufrían y
resultaban heridos y hasta muertos y cuando se producían confrontaciones o
paradojas similares, no se las cuestionaban y se acabó.
No tenían necesidad de probar ni de argumentar nada. No habían resuelto
misterios como el de la Santísima Trinidad ni los dogmas de fe, pero se parecía
bastante. Los sacerdotes y escribas (clase alta, de cualquiera de las maneras)
solían cambiar las hazañas glorificadoras de los dioses según las necesidades de
la ciudad respectiva a del momento y punto. Y lo que a los occidentales hoy nos
parecería el colmo de los colmos: Les hicieron aborrecer o renegar de cambios
sociales.
Todo era por mandato de los dioses de cada ciudad y transmitido
por el rey de turno o el sumo sacerdote. Los sacerdotes y los escribas y demás
poderes fácticos, enseñaban – porque así lo creían – que todos los males del
hombre son producto de sus malas acciones u omisiones y que nadie,
absolutamente nadie, está exento de culpa. Necesitaban cuadrar el círculo y
entonces concluyeron inventando47 un rudimentario Pecado Original. Perfecto.
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