Hace más o menos
ciento ochenta mil años, semana arriba, mes abajo, unos homínidos denominados
Homo Sapiens decidieron darse una vuelta por el desconocido mundo y partiendo
de una zona radicada en la actual Etiopía, decidieron emigrar unos hacia Sudáfrica y otros al norte. Es
previsible que jamás volvieran a encontrarse si es que algún día se conocieron y
si es que partieron de la misma tribu o asentamiento como es de suponer. El
camino ya era largo y la vida corta.
Los
que tomaron camino a buscarse las habas – o el centeno y los frutos y carnes,
que no es lugar éste de polemizar sobre las costumbres culinarias – por el
norte, más o menos siguiendo el curso del río Nilo, llegaron a las tierras del
actual Egipto y decidieron quedarse y con el paso del tiempo montaron una de
las civilizaciones más espectaculares de la antigüedad. Ya hablaremos de ella.
Al
cabo de unos pocos miles de años más, espoleados o picados por el gusanillo de
la curiosidad y probablemente por las necesidades primarias, otros cuantos
lugareños decidieron seguir subiendo o tal vez huyeron de sus congéneres, que
ya sabemos cómo nos comportamos los
humanos cuando alguien nos saca de las casillas. Es más que probable que los
alimentos abundaran, las hordas fueran pequeñas, el número de humanos bastante
escaso y el desierto aun no arrimara sus cálidas arenas a las chozas que
conformaban las aldeas de hace sesenta mil años. Tampoco cabe pensar que por
aquel entonces había mucho espíritu emprendedor.
Tal
vez, y a lo peor para el muerto, un hermano mató a otro con la quijada de un
asno, y entonces el chamán que tenía que mantener el orden se vio obligado a
tomar una determinación basada en sus leyes y costumbres:
- Coge a los tuyos
y lárgate de aquí. Por animal.
- ¿por qué tengo
que marchar?
- Por animal, ya
te lo he dicho. A quien se le ocurre matar a un hermano por un quítame de
aquí esas gavillas. A partir de ahora, no vuelvas por aquí: ¡caín! ¡más
que caín!
El
caso es que se no se fue solo. Su grupillo se marchó a instalarse a otra zona
paradisíaca por aquel entonces y ahora fuente continua de petróleo y de
conflictos: El Oriente Medio, llamado por los historiadores con mejor criterio:
Creciente o Media Luna Fértil. El Paraíso Terrenal de nuestra infancia. Las
tierras entre el Éufrates y el Tigris, donde nos vamos a centrar un poco, pues
allí se desarrolló nuestra civilización actual solamente con pequeñas
modificaciones instrumentales. Seguimos pensando básicamente igual y por tanto,
comportándonos con la misma crueldad.
Ya
tenemos dos focos de cultura: Egipto y Mesopotamia aunque ellos aún no sabían que se denominarían con ese nombre. Parece que
florecieron en orden inverso al asentamiento. Los más listillos fueron los
sumerios, los del Paraíso, que ganaron la primera carrera por unos mil años,
como bien dicen las tablillas de barro cocido y los jeroglíficos,
respectivamente. Así dicta la ortodoxia los párrafos de la Historia.
Pero
no avancemos tanto en tan poco tiempo, que estamos hablando de hace ochenta mil
años o más y de resultas de aquella salida norteña del H. Sapiens y sus
primeros asentamientos. Aquella riada humana y luego grupo asentado en
Mesopotamia, se diversifica de forma contumaz en varias ramas. Se desparraman
literalmente.
Una
tribu se dirige hacia Europa por los Montes del Tauro bordeando el Mar Negro por
el sur a través del Helesponto y con sub-rama atravesando el Cáucaso Menor
(Monte Ararat incluido) para irse por el norte. Otros se van hacia Asia y
desarrollan culturas en la India actual, China y Japón, tan importantes o más
que las del Paraíso. Hay constatación fehaciente de la aparición agrícola y
ganadera, alfarería, estructuras sociales o ciudades organizadas no solo en
Sumeria y Egipto..
También
pienso que gentes provenientes de estas civilizaciones bien pudieron, de una u
otra forma, retornar a sus lugares de origen o simplemente mantener relaciones
comerciales recíprocas, transportando elementos de su civilización actual hacia
la de origen, es decir Sumer y Egipto y claro, por proximidad llegaban primero
a Sumer donde descargaban los primeros elementos, de ahí que me parezcan más
listillos. Aquí debemos considerar que estas transformaciones tardaban años o
siglos en llegar y asentarse.
Es
de suponer con poco margen de error, que estas culturas (las asiáticas) acabaron
desarrollando civilizaciones tan importantes como la que nos ocupará, pero con
menos suerte. Los Dioses primero y unos siglos más tarde nuestro Dios, vinieron
a manifestarse al Creciente Fértil en exclusiva.
Este
Dios triunfa de variadas maneras y usos pero embarullando siempre tribu contra
horda y viceversa y dándoles órdenes a veces contradictorias pero siempre
sangrientas y crueles. Les confunde caprichosamente a la vez que les dota de la
suficiente paciencia “jobina” para poder sufrir durante siglos y que le sigan adorando.

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