Como no podía ser menos, el primer atleta fue un sumerio. Entre
la ingente cantidad de tablillas estudiadas, aparecen himnos, lamentaciones, cantos
funerarios, salmos y todo tipo de escritos que paulatinamente van siendo
descifrados y donde se nos muestra un mundo colorista, culto a veces, idílico,
repleto de actos ejemplarizantes y las más de las veces guía de posteriores
civilizaciones y libros santos.
Aproximadamente 2100 años a.c. en la ciudad estado de Ur, nos
encontramos con un rey que sobresale por encima del resto del panteón (no
olvidemos que eran semidioses o dioses, directamente) y no es otro que Shulgi, el hijo del fundador de la
tercera dinastía: Ur-Nammu. Es la primera persona a la que se dedican varias
líneas glosando sus cualidades de corredor, tan veloz como un “cabrito montés que corre a refugiarse…
entrando en el Ekishnugal” (templo del dios luna Nanna-Sin en Ur), o
también como fondista excelso que recorre en una hora lo que otros en quince.
Estos himnos son tan hiperbólicos y extravagantes (según Kramer[1]) que
parecen mesiánicos. Alagan tanto al
rey/dios que lo hacen único entre los mortales y acaban por creérselo ellos
mismos. Shulgi escribe de sí mismo:
En mi juventud estaba en la edubba
(escuela) donde
aprendí el arte de la escritura en
las tablillas de Sumer y Akkad,
ningún otro joven sabía escribir
sobre arcilla tan bien como yo,…
Era el ser perfecto física y psíquicamente, alto, guapo, moreno
(de haber sido rubio tendría un problema su padre o él o ninguno de los dos,
que para eso era hijo de dios con intermediación humana, se supone) y sin
rival.
Sus habilidades deportivas venían a buen seguro del
perfeccionamiento de sus cualidades innatas para la caza. Él mismo comenta que
atrapa serpientes y leones a pelo, en pleno desierto y sin red. Dice también
que es capaz de cazar gacelas a la carrera con sus pies veloces. Recordemos su
caprina velocidad que él mismo nos relata en otra tablilla de la siguiente forma:
Que mi nombre se recuerde en el
futuro, que no abandone la boca (de los hombres)
que las alabanzas hacia mí se
propaguen a lo largo y ancho del reino,
que me elogien en todos los
reinos,
yo, el corredor, aumenté mis fuerzas,
dispuestas para el trayecto,
de Nippur a Ur,
resolví cruzarlo como si se
tratase de (una distancia de) una “hora doble”.
Como un león que no se cansa de su
virilidad me levanté,
me ceñí un cinto (¿) en torno a
los lomos,
moví los brazos como una paloma
que huye agitada de una serpiente,
distancié bien las rodillas como
un ave-Anzu que eleva los ojos hacia la montaña.
Ciento sesenta kilómetros sin despeinarse. Se da un baño, se
relaja, come un poco y para más heroicidad, en plena tormenta de granizo se
vuelve para Nippur y celebra en el mismo día las festividades del “eshesh”
(desconocida actualmente). Y claro, llega a palacio, se sienta entre su amigo
el dios Utu y la esposa/diosa Inanna para darse un banquete.
Y con este rey sabio, alto y guapo, piadoso y primer corredor
conocido gracias a unas tablillas y a la sabiduría de muchos arqueólogos, entre
los que destaca Samuel N. Kramer, que nos lo documenta ampliamente en la obra
citada y que a buen seguro abrirá más de una mente tras su lectura, damos por
concluido el capítulo de la civilización sumeria y nos adentramos en el Egipto
de los faraones.
Aunque dado que están apareciendo continuamente tablillas y
siendo estudiadas con más y mejores medios, todo lo expuesto hasta aquí es
provisional y aproximado.
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