Fueron los egipcios los primeros en dar sentido al término deporte
tal y como lo entendemos en la actualidad o con diferencias no muy relevantes.
En un principio se trataba de ejercitarse para la supervivencia, más tarde para
la defensa de otros agentes que pudieran agredirles, luego la injerencia en
asuntos externos y por fin el placer y consumo de las endorfinas almacenadas en
épocas de bonanza.
De la tosca y corta lanza con pica de sílex al venablo que se
arrojaba contra los animales en carrera, de aquella que servía para agredir al
enemigo hasta la jabalina actual, posiblemente transcurrieran tantos siglos
como entre las flechas del cazador ancestral a los modernos arcos fabricados
con resinas sintéticas. Pero todo sirve, primero para mantenerse vivo en la región
conquistada y luego de atravesar las históricas fases mencionadas, para vivir
con calidad.
Aquellos H. Sapiens que salieron del Valle del Rift para dirigirse
al norte, siguieron el curso del gran río de África, el Nilo, alma y cuerpo de
“nuestra civilización” y del oasis que suponía tener buenas tierras de cultivo,
agua y un clima templado siempre que se alejaran de los rigores y la aspereza
del circundante desierto. Un vergel definido por Herodoto[1] como
“regalo del Nilo” y que daría sentido y forma de ver el mundo a sus habitantes,
pero que tuvieron que adaptarse a él desde un principio.
…..acerca de este país discurrían ellos muy
bien, en mi concepto; siendo así que salta a los ojos de cualquier atento
observador, aunque jamás lo haya oído de antemano, que el Egipto es una especie
de terreno postizo, y como un regalo del río mismo, no solo en aquella playa a
donde arriban las naves griegas, sino aun en toda aquella región que en tres
días de navegación se recorre más arriba de la laguna Meris….
Al igual que Herodoto, Diodoro de Sicilia[2] cita las
crecidas del Nilo como la fuente principal de riqueza agrícola y clave de la
prosperidad de este pueblo:
……. el
Nilo tiene especies de peces de todas clases e increíbles por su abundancia; a
los nativos, no sólo les proporciona el abundante provecho de los recién
capturados, sino que también les suministra una cantidad inagotable para la
salazón. En general, en beneficios a los hombres, supera a todos los ríos del
mundo habitado. Da comienzo a su desbordamiento a partir del solsticio de
verano hasta el equinoccio de otoño y, aportando siempre nuevo limo, empapa por
igual la tierra inculta, la sembrada y la plantada, tanto tiempo cuanto los
agricultores del territorio quieran. Como el agua discurre mansamente, lo
desvían fácilmente con pequeños diques y de nuevo lo reconducen cómodamente
cortándolos cuando se cree que es conveniente. En general, proporciona tanta
facilidad de ejecución a los trabajos y beneficios a los hombres que la mayoría
de los agricultores, colocándose en los lugares ya secos de la tierra y lanzado
la semilla, conducen por encima sus ganados y, pisoteando con ellos, vuelven
para la siega después de cuatro o cinco meses y algunos, removiendo mínimamente
con ligeros arados la superficie del territorio mojado, recogen montones de
frutos sin mucho dispendio ni esfuerzo. En resumen, toda la agricultura se
practica entre los otros pueblos con grandes gastos y fatigas y, sólo entre los
egipcios, se recolecta con pequeñísimos dispendios y trabajos.
Y para finalizar con algunos de los sabios antiguos que se
devanaron con Egipto, citaré al otro
gran historiador que nos relató una historia y la cronología de los faraones: Manetón
de Sebennito, sumo sacerdote de Serapis durante la dinastía ptolemaica
en tiempo del soberano Ptolomeo II, que nos legó una Historia de Egipto en
lengua griega, para desbravar a éstos, decía él. Pero solo se conservan
fragmentos de la misma incrustados en la obra de otros autores, interesados las
más de las veces en deformarla conforme a sus intereses, bien por nacionalismo
o por religión (nada nuevo por otra parte). Así mismo se le atribuyen otras
varias obras, nueve en total, aunque puestas en duda por la historiografía
moderna.
Todo aquel espacio estaba dividido en dos: Alto Egipto desde Menfis hasta la primera catarata y que se dio en
llamar “tierra de la cebada” en época faraónica. Y Bajo Egipto, entre Menfis y el mar Mediterráneo: el Delta. Dos
reinos independientes unificados por Menes allá por el año 3050 antes de
nuestra era, siendo el origen y punto de partida de las posteriores Dinastías. Este Menes fue arrollado y
muerto por un hipopótamo y salvado por un cocodrilo. Anecdóticas cosas de
héroes y dioses al cabo.
Pero todo había comenzado siglo y medio antes en las ciudades de Nején
y Buto en el Alto Egipto (“fortaleza”) llamada Hieracómpolis en griego la
primera, y en el Delta la segunda. Más que dos ciudades aisladas o proto-ciudades
estado, eran una unificación de pueblos de un mismo entorno. El caso es que
hacia el 3200 a.n.e. y en un proceso de unificación política (o religiosa) no
muy bien conocido en la actualidad, se convirtió en un estado unificado bajo el
mando del “Señor de las dos Tierras” asentando prontamente la capitalidad en
Menfis, donde un monarca “teocrático” rigió los destinos del país previa
conversión en faraón “hijo de Re” o dios Sol.
Simplificando muchísimo y como no es propósito de esta líneas hacer
un exhaustivo repaso a la Historia de este pueblo, podemos afirmar
equivocándonos poco que la civilización
de la que hablo se desarrolló entre la primera catarata del Nilo y el Delta en
el Mediterráneo. Ochocientos kilómetros metro arriba kilómetro abajo.
Veamos pues el cuadro que representa la cronología de Egipto desde
tiempo inmemorial hasta la conquista por Alejandro Magno y la inmediata
entronización de los Ptolomeos.
Período Dinastías Años comprendidos
Paleolítico
a Período Predinástico Sin dinastías 7.000
A P. - 3.000 a.C.
Dinástico
Temprano dinastías I a III 3.000 a.C. - 2.686 a.C.
Imperio Antiguo dinastías IV a VIII 2.686 a.C. - 2.160 a.C.
Primer Período Intermedio dinastías IX a XI 2.160 a.C. - 2.055 a.C.
Imperio Medio dinastías XII a XIV 2.055 a.C. - 1-650 a.C.
Segundo Período
Intermedio dinastías XV a XVII 1.650
a.C. - 1.550 a.C.
Imperio Nuevo dinastías XVIII a XX 1.550 a.C. - 1.069 a.C.
Tercer Período Intermedio dinastías XXI a XXV 1.069
a.C. - 664 a.C.
Período Tardío dinastías XXVI – Alejandro Magno 664 a.C. - 332 a.C.
En definitiva, el Nilo marcó la vida de los lugareños desde tiempo
inmemorial haciéndoles dependientes en grado absoluto y más que nada porque necesitaban
comer y eran inminentemente agrícolas, que se vive mejor y en mayor número de
la agricultura que de lo que se pueda cazar por las zonas boscosas. Así pues,
cuando se producía la inundación, a verlas pasar y cuando bajaba el nivel, pues
a repartir el lodo y hacer huertos y a plantar y a recolectar y a pagar
impuestos a los dioses que eran buenos y les traían el agua.
Desde un principio convivieron las elites privilegiadas por el “sistema”
faraónico y un pueblo que como siempre pagaba las cerámicas que se iban
rompiendo, alternándose las épocas de
bonanza y escasez que aún no se llamaban crisis, aunque albergaban ya los
mismos elementos desestabilizadores: la codicia, el gusto por el fasto y la
ostentación, la precariedad de la vida del peón de brega, las hambrunas y las
tormentas, los lujos otra vez, el despotismo y la tiranía, las desigualdades y
así hasta el infinito llegando a los tiempos actuales. Pero esa es otra
Historia.
Como de tontos tenían nada más que
lo imprescindible, pronto se dieron cuenta que esta inundación venía más o
menos cada 365 días y confeccionaron un calendario basado en las crecidas que
llenaban de lodo los campos y borraban límites y senderos para lo cual
empezaron a darle vueltas a la geometría y a las matemáticas, a los pictogramas
importados de Sumer, a la astrología y algún que otro dios y mito. A favor de
todo esto estuvo también la soledad: al norte el Mediterráneo, al sur la nada
continental, al este el Mar Rojo y al oeste el desierto (aunque no siempre fue
tal). No tenían enemigos declarados más que ellos mismos.
[2] Diodoro Sículo, BH
I,36,1-12. [Versión de F. Parreu (ed.), Diodoro de Sicilia. Biblioteca
Histórica. Libros I-III. Biblioteca Clásica Gredos. Madrid 2001, pp.
215-218.
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